Fragmentos

Fluir

Tenía que ser paciente, si se precipitaba no lo percibiría, pero ser paciente era algo difícil para alguien que no había llegado todavía.

Desde hace mucho tiempo estaba en camino. Todos los días eran posibles metas, sin embargo, no se sentía llegar nunca. Hoy se había despertado con un presentimiento, como un impulso metido en el cuerpo, un cosquilleo en el estómago a nivel del ombligo o un poquito más arriba, que le incitaba a salir de casa.

Era una mañana soleada de octubre, los colores entraban por la ventana de su habitación. Se levantó de la cama de un salto y mientras juntaba sus prendas negras para vestirse, trataba de calmar sus ansias musitando una canción. Su cuerpo blanco y redondeado se fue cubriendo capa tras capa de esas vestimentas cotidianas.

Sus enormes ojos marrones, redondos como platos le daban un aire de búho al acecho de su presa y, al mismo tiempo, una expresión de desconcierto. Como la de alguien que no entiende porqué se siente amenazada. De alguna manera tenía que borrar ese semblante de su rostro. No sabía exactamente dónde iría, pero cualquier otro lugar era una posible meta.

El canto de los pájaros que escuchaba a través de la ventana parecía brotar de sus propios labios entreabiertos que se iban pintando de rojo frente al espejo. Se sonrió. Había un brillo en la profundidad de sus ojos que la interpeló. Quiso alcanzarlo y como si se desdoblara se vio a sí misma irse detrás suyo.

Atravesó la puerta del baño, de su dormitorio, de su casa. Recorrió las calles que la conducían al parque. Ingresó en él. Se impregnó de los colores del otoño, del ruido de las hojas caídas bajo sus pies, del fresco rocío de la mañana, del olor vegetal de la tierra, de los rayos del sol que se abrían espacio entre los árboles casi desnudos. Se detuvo.

No quería perder el brillo de sus ojos. No había ninguna razón para su muerte, podía sacársela de encima. Abrió los brazos y llenó sus pulmones de ese aire de bosque rodeado de ciudad. Sintió un calor subir desde sus vísceras que la sofocó. Se desabrochó el abrigo y lo dejó caer sobre sus pies. Tenía que abandonar la imagen del búho al acecho de una muerte.

Salió del parque y siguió caminando por la avenida que bajaba hacia la estación de trenes. Las calles comenzaban a cargarse de tráfico, de gente, de movimiento. No refrenó su impulso por ello. Escuchó una voz conocida que gritaba su nombre y la suya que le respondía. Se vio dar media vuelta e ir al encuentro de ese hombre delgado y desgarbado que la llamaba y que parecía esperarla. Sin esquivarlo.

Se sorprendió frente a él, estando, con el mismo brillo de sus ojos en los suyos, como si estuviera al otro lado del espejo, llegando a través de su mirada.

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