Fragmentos

A.

Ella vive intensamente. Él la necesita cerca para sentirse vivo. Ambos habitan en la misma casa, se quieren y se necesitan por complementariedad.

A ella le gusta cocinar. El siente que pierde el tiempo al hacerlo, pero le gusta comer, y a ella verle comer. Todo es posible entre ellos. Un día ella se irá y él se quedará solo. No lo dicen, pero lo saben. Cuando están juntos, sentados y abrazados en el sofá frente a la gran ventana abierta que da a la calle, hay en el silencio suyo un espesor que se los recuerda. Se esfuerzan por llenar ese silencio con los ruidos de la calle, prestando atención a los gritos de los niños que juegan, a las bocinas de los autos y las conversaciones que mantienen los vecinos de una acera a la otra. Miran y escuchan como si fuera una escena actuada para ellos. A veces comentan algo, no porque les parezca muy interesante, sino simplemente porque quieren estar seguros de estar llenando ese silencio. Y hablan rápido, atropellándose con las palabras, como si hubiera alguien que quisiera interrumpirles, como si realmente tuvieran algo que decir.

Cuando en la calle no hay mucho movimiento, se abrazan fuerte como para encontrar, en el contacto de los huesos del otro, ese límite necesario para no desvanecerse. Los huesos son un tema para ellos. Son sólidos y tienen consistencia. Ambos están de acuerdo que se pueden apoyar en ellos. Cuando ella está sola y siente la agitación en su pecho, con la mano derecha se agarra de su brazo izquierdo, como si fuera una barra en la que podría colgarse y salvarse del vacío. Pero sus huesos son frágiles. Ambos están de acuerdo que es mejor cuando están juntos, porque además para él, a pesar de tener los huesos más sólidos que ella, es más difícil sostenerse sobre sí mismo.

Ella vive con la muerte. No la quiere, pero la habita por dentro. Él no sabe de la muerte, pero no para de nombrarla. Ella quisiera ignorarla, hacer como si no estuviera. Él la necesita cerca para sentirse vivo. Ella vive intensamente. Él se quedará solo.

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