Cuando se quiebra

¿Cuántas veces había escuchado que nadie era imprescindible? Sin embargo, ella sentía que lo era. Estaba segura de su protagonismo en su vida de pareja, familiar e incluso laboral. Era de esas personas incapaces de delegar porque tenía la firme convicción de que nadie haría las cosas como tenían que ser. Ella tenía el control y se sentía indispensable.

Esa mañana, sin embargo, ¿cómo no lo vio venir? Al hacer su maleta, había notado algo en el tono de voz de Eduardo que la interpeló por un breve instante, pero estaba tan sobrepasada con todo lo que tenía que preparar antes de irse que no se detuvo a indagar.

Se fue por un par de días y cuando regresó, no había nadie en casa y en los armarios no quedaban más que sus pertenencias. Eduardo se había marchado sin decir nada. ¿O si lo había hecho? Estaba tan segura de su amor, de su dependencia que no podía comprender.

Antes de salir de viaje, él le había dicho algo sobre verse al espejo. No le había entendido, ni se había tomado el tiempo de hacerlo. Trata de recordar sus palabras. Era algo así como verse al espejo y mirarse. Se había retocado el maquillaje y le había dado un beso antes de partir.  Tenía que viajar en misión y su espíritu estaba más allá, que con él.

Ahora, sola frente a su taza de café ve sus certezas diluidas como los granos de azúcar en el líquido caliente. Imagina que quizás a estas horas, él también está tomando café. Él prefería el te, pero lo bebía solo para acompañarla. Se lleva las manos al rostro y recuerda los dedos de Eduardo contorneando sus líneas de expresión. Se sentía amada en esos ojos. Se voltea con intención de ver la hora y su mirada se detiene en su reflejo distorsionado sobre la máquina expreso. Ella que solo ve el paso del tiempo en esas grietas, se pregunta si Eduardo también se sentía abrazado en su mirada.

 

Photo: Aude Lafait

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