El pacto

Solo hay una puerta abierta que al final, terminó por cruzar.

Se acuerda de un episodio que para ella tiene directa relación con ese acto. Estaba sentada en la terraza de un café con una amiga, discutían sobre una futura colaboración. El ambiente estaba animado, así como suele estarlo cuando el sol acompaña el final de una jornada de primavera. Los autos que se amontonaban en la esquina del café, casi podían rozarles al pasar. Si extendían mucho sus brazos corrían el riesgo de ser arrastradas por uno de ellos que, para dar la vuelta, tenía que cortar la curva.

Era lo de menos, porque lo importante ocurría en el diminuto espacio de su mesa. Recuerda bien esa velada y las oscilaciones de su espíritu entre el querer y el no atreverse, ese momento casi imperceptible que la puso del otro lado.
— Entonces, ¿te lanzas?
Tenía su copa de vino en la mano mientras reía, por no salir corriendo, de una propuesta que le pareció tan atractiva como inquietante. Y como por efecto de una palmada en el hombro, de unas gotas de vino derramadas y de una sonrisa cómplice se encontró, sin darse cuenta, del otro lado de la puerta.
— Sí, voy a escribir ese libro.

Esa misma noche caminando de retorno a casa bajo los últimos reflejos de sol, supo que no podía volver atrás. Se puso a escribir, pero esta vez con la certeza que iría hasta el final. Sentada en el suelo o sobre sus propias piernas, en su escritorio o en el bar de la esquina las palabras venían de manera fluida. No había nada concreto que le empujara a hacerlo, ningún objeto. Solo el silencio. No era el exterior lo que la ponía en acción. Venía de adentro, no de algo que había, sino que no había. De una ausencia. Como si tuviera que llenar un vacío o descifrar lo que no entendía, entonces escribía.

Lo hacía hasta detenerse. Cerraba su cuaderno y, como cuando salía de su casa y atravesaba la puerta cerrándola detrás suyo, se iba caminando hacia el resto del día o de la noche. No era siempre fácil partir sin mirar atrás, sin llevar consigo pedazos inconclusos o irresueltos dando vueltas en su cabeza. Pero formaba parte de su práctica cotidiana. Tampoco era evidente volver cuando se había alejado tanto dando alguna clase o respondiendo a sus demás responsabilidades.

Y ahora, cada vez que no estaba creando, se preguntaba si no estaría perdiendo su tiempo.

Para entrar y salir de la escritura había encontrado una manera orgánica. El secreto para ella estaba en el cuerpo. Tenía que prepararlo como si fuera a bailar. Sea con palabras o con movimientos, la escritura venía de él.

Luego llegaban las preguntas del porqué o para qué, hacia dónde iba o quisiera ir. Luego aparecían las historias y sus personajes a nutrirse y a acompañarla. Pero ya había atravesado la puerta, la escritura estaba en ella y no la abandonaría.

3 Comentarios

  1. Bravo Claudita!!!! Ha llegado el momento en que escribas tu propio libro lleno de tan maravillosas historias y pensamientos… Adelante !!!!
    No importa por ahora si será o no un éxito, lo importante es cumplir tu sueño! !!
    Vamos por todo!!! !!!
    Felicitaciones!!

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