Como todas las mañanas

Un día como otros, Gabriel abrió los ojos. Esa mañana, sin embargo, no se encontraba en su habitación sino en otra que no era suya y que no lograba reconocer. Le pareció extraño porque recordaba haberse acostado en su propio cuarto. Dio vuelta la cabeza bruscamente en busca de su ropa y constató que, tal como lo recordaba y lo hacía todos días, estaba sobre la silla, al lado de la cama; con la sola diferencia que no se trataba de la misma cama ni de la misma silla. Sin comprender cómo había llegado ahí, recorrió el espacio con la mirada. Era evidente, no conocía ese lugar y sin embargo, había algo en el aire que le sonaba familiar.

Hizo un repaso de los acontecimientos de la noche anterior. Llegó tarde después de la cena con sus amigos, había tomado un poco, pero no tanto como para perder la conciencia. Tenía 50 años y aunque era soltero, ese tipo de excesos ya no formaban parte de su vida. Además, recuerda claramente que, llegado frente a la puerta de su casa, no encontraba sus llaves y que quiso llamar a su madre para pedirle sus copias. Al final no lo había hecho, porque al buscar su teléfono en su chaqueta, sintió su llavero del otro lado del bolsillo roto. No había dudas, anoche se había acostado en su propia habitación como de costumbre y ahora, se despertaba en otra que no era la suya.

Como todos los días, se levantó de la cama y se vistió con rapidez, pero sin tomar una ducha. La idea de que alguien entrara de improviso y lo sorprendiera le estresaba. Por los ruidos, adivinaba que el resto de la casa también se ponía en marcha. Escuchó que alguien lo llamaba y un momento después, la puerta del cuarto se abrió de un golpe. Una joven metió su cabeza y con una sonrisa, le pidió que se apurara. No parecía sorprendida de verle, lo que le obligó a seguir el juego por no saber qué hacer. Salió de la habitación y siguió a la joven a través de un corredor que los condujo a la cocina, donde el aroma del café le concedió un respiro familiar.

Una mujer que parecía estar llegando, se le acercó sonriente y le dio un beso en la boca, antes de desearle buenos días e ingresar hacia el lado de los dormitorios. Por su maleta adivinó que llegaba de viaje. La joven le alcanzó su café, mientras le contaba algo que había sucedido el día anterior. Por lo que pudo entender, se trataba de un evento importante para su carrera y que, de alguna manera, le implicaba también a él. Pero no pudo seguir el hilo del relato, porque en medio de una frase un “papá” dirigido a él, lo dejó colgado.

En silencio y sin resistencia, Gabriel se dejaba llevar a lo largo de esos instantes que no eran suyos y que, sin embargo, estaba habitando con su cuerpo. Instantes que no le pertenecían pero que quizás podían haberle pertenecido de haber tomado otras decisiones. Y mientras buscaba respuestas que explicaran lo que estaba viviendo, el contacto de un beso cariñoso contra su mejilla le hizo desbordar de una felicidad hasta ese momento desconocida. Quiso hacer perdurar esa sensación, pero en cambio su cuerpo se quedó bloqueado y aprovechando que la joven había salido de la cocina en busca de algo, tomó las llaves que pensó suyas y se dirigió hacia la puerta de calle. Tenía que salir de esa casa, de esa historia que podía haber sido suya pero que no lo era. Con la urgencia de quien escapa a lo que le sobrepasa, cerró la puerta de un golpe precipitado. Y de pronto, encontrándose ante ella, se dio cuenta que como todas las mañanas, estaba solo frente a su propia casa.

Y cuando se disponía a ir en busca de su coche, la ventana del segundo piso se entre abrió y la mujer que parecía haber llegado de viaje, sacó la cabeza a través de ella, mientras él le miraba atónito:
– No olvides que esta tarde necesito el auto, le gritó.

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