Fragmentos

Extracto

del libro que me ocupa

“Encontré esa libreta.

Sabía que estaba en alguna parte. A pesar de tener la costumbre de botar todo lo que ya no tiene vigencia en mi vida, nunca he sido capaz de deshacerme de mis cuadernos de notas. Son quizás los únicos tesoros que tengo.

Puede parecer pretencioso, como si lo que pensara o sintiera tuviera tanta importancia, pero para mí un cuaderno de vida cargado de los cuestionamientos de una época tiene más valor que la cadenita y la cruz de oro que recibiste en la infancia o la sortija que te regaló algún pretendiente.

He ido dejando mis restos en el camino, como Hansel y Gretel, como migajas de lo que fui en cada lugar y cada momento. Pero no con la intención de regresar. Mi camino ha sido siempre un ir sin retorno, al menos eso es lo que yo pensaba. Quizás también lo que temía Cristina, mi madre, aunque en el fondo estoy segura de que ella sospechaba que un día desearía volver a mirar atrás.

Recorrer ese cuaderno es un viaje en el tiempo. Podría encontrarme con Gabriel, mi padre muerto, o incluso con Otto, ese abuelo suicida que nunca conocí. Ellos continuaron hablándome a pesar de haberles volcado la cara. Nunca fui a ver la tumba de mi padre en el cementerio. “Qué acto inútil”, pensaba yo. Aparté los libros de mi abuelo el poeta, de la cabecera de mi cama. Y aún así, ambos siguieron caminando a mi lado.

“Es una enfermedad de indiferencia la que agobia mis tristes soledades”, decía Otto. Sus sombras son también mías. Sentí vértigo. Si encontrara mis otros cuadernos, podría demostrar cómo en aquella época previa a mi decisión de partir, me encontré con él a través de sus versos. Yo utilizaba sus mismas metáforas para traducir las ebulliciones de mi alma, pero sin escribir poesía, ni nada por el estilo. La escritura era como una puerta prohibida. Como si su destino pudiese también ser el mío. Y yo, Paula, tenía otras ambiciones.

Era duro ser la nieta de un poeta suicida, aún más si llevaba conmigo la misma pasión por la que apretó el gatillo. Aceptar su pluma era una condena de muerte. Tenía que salvarme, asegurar mi apego a la vida antes de lanzarme al vacío.

Para esquivar el abismo, de un salto de 9 mil 937 kilómetros aparecí un día del otro lado del océano, reinventándome una vida lejos de la muerte.

Yo, que había sido hasta entonces de aquellas que viven hacia dentro, decidí sin decidir realmente, bloquearme el ingreso. Dejé de portar un cuaderno conmigo y como una legumbre, me dejé llevar por el movimiento de una vida cargada de compromisos y obligaciones. Cerré el acceso a mí misma y comencé a existir de mi epidermis hacia fuera, sin cuestionar los ecos internos. Censuré también las puertas al amor y a todo tipo de situaciones que pusieran mi ser en juego.

Realicé nuevos estudios en ese país extranjero que había elegido, los que me permitieron redirigir mi camino y construir una carrera bastante exitosa. El trabajo como directora de recursos humanos me convenía a la perfección.

Pero cómo podía adivinar que la inercia era una forma de muerte.”

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