Fragmentos

En los recovecos

En silencio, camino, en silencio. Con atención para no exponerme. Escucho la quietud de la ciudad. Abro bien los ojos. Las sombras de los árboles se proyectan en las calles vacías, los cerezos de Japón recién en flor resplandecen bajo el cielo despejado. Es primavera. Las margaritas blancas que recibí en el Alba por internet afloran a mi consciencia.

Las sensaciones se acumulan en mi cuerpo. Me embriago con todo lo que me bebo del mundo, pero no digo nada… no lo hago, pero quizás en alguna ocasión me sorprenderé evocando este momento en mi escritura. Y me sorprenderé porque en el instante mismo, casi nunca advierto que lo que experimento me conmueve tanto.

Mi cuerpo está lleno de recovecos. Las sensaciones transitan en ellos, dejando huellas. Unas voces me sobresaltan. Veo tres personas en mi camino. Me estremezco. Avanzo con prudencia como si pudiera hacerles daño, como si pudieran quitarme lo que llevo adentro, como si pudiera quebrarse lo que atesoro. Es mi mirada del mundo, cómo me lo como y lo saboreo. Cómo camino sobre él y me sostiene. Para no caer, para no desvanecerme.

Las piernas me tiemblan. También podría absorberme. Miedos irracionales se incrustan en mi piel. Realidades resuenan en las vibraciones de mi cuerpo. Vuelvo a casa. Hablo. Y cuando lo hago yo sé que es para protegerme. No es mi alma la que dice algo, sino esa voz que sale de mi garganta para ocultar la que viene desde adentro… ¿Por qué no quiere mostrarse? ¿Qué es tan indigno para no ser revelado? ¿Su fragilidad?

Miedo de lo que no puedo controlar, de lo que ya no tiene control: el avance desaforado del pánico. Guardar las distancias sociales más de lo habitual para no quedar aplastada por esa avalancha, para seguir latiendo en el interior de mi cuerpo, de mi casa, del amor de los míos, para seguir bebiéndome el mundo aún en el encierro. No quiero someterme al terror.

A parte de acatar las medidas de seguridad recomendadas para evitar la propagación y el contagio, para cuidar de mí y de mi entorno, ¿Qué puedo hacer?

Ya no está en mis manos, ha dejado de estarlo, como la muerte. Y sin embargo yo también podría ser una víctima. ¿Qué puedo hacer?

Domar, aceptar la idea de la muerte para vivir sin miedo.

Escribir.

 

Foto: Dieter Poleyn

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