Fragmentos

Como una brisa

Nada está completo, solo pedazos como fracciones de vida. Los muros amarillos cargados de cuadros y adornos de los cuales solo se vislumbra una parte. Al centro, encima de una mesita de madera maciza que se sostiene sobre un cántaro de terracota, el óleo de una niña con un vestido colorido y expresión de desconcierto. A su lado, piezas de ajedrez colocadas con cuidado como al alcance de su mano. Cofres de madera pintada en colores naranja, marrón y carmesí, apilados unos sobre otros y dispuestos en uno de los ángulos.

Esta imagen me sigue desde ayer. Es una de las fotos que se exponen en el café en el que pasé gran parte de la mañana. No tiene nada excepcional, tan solo una porción de la vida de alguien, atrapada por el ojo del fotógrafo.

Recorro la imagen que me quedó grabada en la memoria.
Es como espiar la intimidad de la gente y tratar de imaginar su vida.
No logro despegar, pero sigo buscando ese algo que me interpela.

Los objetos y la manera en la que están dispuestos deberían contarme algo, pero no lo hacen, ni evocan personas que conozco. Sin embargo, la armonía de sus tonos otoñales y la calidez de la luz que atraviesa la imagen, parecen evocarme algo.

Eso es, los colores me roban una sonrisa cómplice de algo que puedo reconocer. Al interior de una casa, mi casa de niña, bajo la luz cálida del atardecer, mis hermanos y yo nos contamos historias y nos proyectamos. Historias de misterios, de niños que se proclaman investigadores y forman su patrulla para resolverlos.

Más tarde o quizás otro día, todos tendidos en la cama en una noche de otoño antes de ir a dormir, imaginamos lo que quisiéramos ser. Inventores, exploradores y poetas, viajeros, bohemios y arregla-todo. Y antes de que el padre que escucha en silencio pueda decir algo, una voz nos empuja a sentarnos de inmediato y formar un semicírculo. La madre que ha traído el plato hasta la cama comienza a darnos de comer. Y como los pajaritos que no salen del nido, vamos abriendo la boca uno por uno para recibir la cuchara de sopa caliente. Al exterior, el viento hace estremecer los árboles que se alzan por encima de la casa y que nosotros percibimos como sombras negras y movedizas a través de los tragaluces del techo.

Pronto nos iremos a dormir y ese instante quedará grabado en mi memoria. Al igual, quizás, que esta mañana de fin de verano en la que, sentada en la mesa del jardín para aprovechar el aire aún templado, me preparo para reiniciar el año y sumergirme en su ritmo acelerado.  Y mientras intento visualizarme entre mis proyectos y el retorno a clases de mis hijas, las escucho jugando con lego a construir ciudades con parques, animales y piscinas, papás, mamás e hijos que van a la escuela en skateboard o bicicletas.

Una brisa suave eriza la piel de mis brazos descubiertos como anunciando la llegada del otoño. La imagen vuelve a mi memoria y mientras la recorro al calor de mis propios recuerdos, me pregunto ¿de qué tonos estará pintado este nuevo año?

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