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Con Bolivia

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Artículo publicado el 8 de noviembre en el periódico Los Tiempos de Cochabamba Bolivia

Mientras las publicaciones desfilan en mi pantalla desbordando decepción, odio, racismo, injusticia y agresión me pregunto de dónde sacar la energía para sumergirme en el trabajo. Seguir mi vida en Bruselas como si nada pasara en Bolivia, como si mi familia, amigos y compatriotas no estuvieran luchando por una democracia casi perdida, me parece insensato.

Al mismo tiempo, estando tan lejos ¿de qué serviría mi acto de brazos caídos? Habiéndome distanciado tanto de Bolivia a lo largo de estos 14 años, ¿no caería más bien como un burdo pretexto para evadir mis responsabilidades? Si ni siquiera tengo el derecho a tener una opinión, me lo han hecho sentir así claramente: “Has votado por el Evo y luego te has ido. ¡Qué sabes tú de lo que estamos pasando si no vives aquí!”.

Cierto, la última vez que ejercí mi derecho a voto en 2005, aposté por Evo porque, como muchos, creía en la necesidad de un cambio que no se quedara en la cosmética política; tenía que venir de esa mayoría poco representada. Y la historia podía haber sido otra si Morales hubiera terminado su ciclo y dejado su silla presidencial cuando tenía que hacerlo, respetando la constitución sin subterfugios, ejerciendo con legitimidad. Los resultados de su mandato eran favorables en ese momento. Pero en cambio, dejó de escuchar a su pueblo y se aferró al poder, por lo visto, hasta las últimas consecuencias. 

Hace unos días en el estatuto de Facebook de una amiga estaba escrito: «Dos». Desde el primer instante tuve un mal presentimiento y minutos después confirmé mis sospechas. Como suele hacerse en las redes sociales y dado que era lo único que podía hacer, respondí con una carita triste.  Se trataba de las dos primeras víctimas caídas el día anterior.  Mientras dormía mi noche en Bruselas, al otro lado, la población se había enfrentado en defensa de su voto, dejando dos muertos. Anoche, el conflicto cobró una vida más y, parece, que esto solo empieza.

Estar a la distancia te desencaja, desenfoca la mirada porque ya no ves con los mismos ojos que cuando estás adentro. Sin embargo, bajo el cielo gris del otoño belga, puedo sentir la frustración e impotencia de la gente, escuchar sus gritos de protesta y percibir la decepción en sus voces y palabras cuando hablamos por teléfono o nos mensajeamos. Puedo entender el esfuerzo que implica salir a bloquear las calles con el implacable sol de primavera sobre sus cabezas y sin ninguna seguridad de que sirva para algo.

Trato de discernir los hechos reales de la avalancha de publicaciones que se generan minuto a minuto por los diferentes medios y redes sociales. La poca información sobre el país que circula en los medios de comunicación belga es muy general. El problema, según ellos, se reduce a un Evo, de un lado, que habla del voto rural y de la democracia -cuando ya dejó de serlo hace mucho tiempo. Y de una oposición del otro, como si solo fuera una, que grita fraude. Los artículos no reflejan en lo más mínimo la complejidad de la coyuntura, la maraña de voces que se contraponen y contradicen, ni la radicalización de las posiciones a medida que pasan los días. 

Entre todos los países y regiones que entraron en conflicto en estas últimas semanas -Líbano, Chile, Reino Unido con el Brexit, Cataluña, Siria- Bolivia pasó casi desapercibida. Ahí te das cuenta cómo un país existe por la importancia de su economía y que el nuestro, a pesar del pequeño crecimiento que ha tenido en los últimos años, todavía está fuera del panorama internacional. También podíamos habernos destacado por otros motivos, como el de una democracia más representativa, iniciada por el primer presidente indígena de América de Sur que salió electo por mayoría absoluta. 

Hoy esas circunstancias históricas que en ese momento generaban una esperanza de cambio para muchos, se han vaciado de todo sentido. Pudiendo construir un país para todos los bolivianos, a tiempo de disminuir la brecha campo ciudad, Evo ha optado por encerrarse en el callejón de la ambición de poder sin límites y el abismo entre los lados parece cada vez más insalvable. 

¿No es acaso él mismo el que está poniendo al pueblo contra el pueblo? Por encima de Evo presidente se levanta el líder cocalero amenazando con cercar las ciudades y convocando a sus grupos de choque para generar miedo y provocar los enfrentamientos.  

Pero, a parte del hecho concreto de la ceguera de Evo, nosotros también hemos perdido la capacidad de mirarnos como personas y de reconocernos como conciudadanos a pesar de nuestras diferencias sociales, culturales y/o políticas. El miedo, el odio y la intolerancia nos habitan y dominan nuestros ánimos como un cóctel molotov listo para explotar a la mínima provocación. Ya no se trata tan solo de una brecha entre el campo y la ciudad, sino de una fractura múltiple de la sociedad. Basta con tener una opinión diferente para que se genere el quiebre incluso en el interior de las mismas familias. 

No visualizo una salida posible que pudiera hacer volver al país a una “normalidad” y quisiera creer que, desde adentro, hay alguien que la percibe. Porque, al parecer, el único que la tiene clara es Evo, que manifiestamente ve la continuación de su mandato como la única vía considerable. 

Momento único, jamás sentido, Bolivia profundamente presente en mi día a día. Tengo que ponerme a trabajar y solo escucho sus voces aún con el Atlántico, la Amazonía y los Andes de por medio. Y me pregunto ¿Es aún posible un acercamiento entre las diversas Bolivias que conforman Bolivia? ¿Existe una salida en este callejón en el que nos ha metido Evo?

Avec la Bolivie

Alors que les publications défilent devant moi, débordantes de déception, haine, frustration, racisme, injustice et agression, je me demande d’où tirer de l’énergie pour m’immerger dans mon travail. Continuer ma vie à Bruxelles comme si rien ne se passait en Bolivie, comme si ma famille, mes amis et mes compatriotes n’étaient pas en train de lutter pour une démocratie presque perdue, me semble insensé. 

En même temps, étant aussi loin, à quoi servirait mon acte de « brazos caídos » ?  Ayant pris tant de distance vis-à-vis de la Bolivie au cours de ces 14 ans année, ne serait-ce pas plutôt un grossier prétexte pour évincer mes responsabilités ? On m’a bien fait sentir que je n’avais pas le droit d’avoir une opinion : « Tu as voté pour Evo et après tu es partie. Qu’est-ce que tu en sais de ce qu’on est en train de subir!? »

Certes, la dernière fois que j’ai exercé mon droit de vote en Bolivie en 2005, j’ai voté pour Evo, parce que, comme beaucoup, je croyais au besoin d’un changement au-delà de la simple cosmétique politique ; cela devait venir de cette majorité très peu représentée jusqu’alors. Et l’histoire aurait pu être très différente, si Morales avait fini son cycle en laissant son fauteuil présidentiel quand il devait le faire, en respectant la Constitution sans subterfuges,  en exerçant avec légitimité. Les résultats de son mandat étaient favorables à ce moment-là. Mais au contraire, il a cessé d’écouter son peuple et il s’est accroché au pouvoir, vraisemblablement, jusqu’aux dernières conséquences.

Il y a quelques jours sur la page Facebook d’une amie, il était écrit : « Deux ». Dès le premier instant j’ai eu un mauvais pressentiment et quelques minutes après, mes crainte se sont confirmées. Comme on a l’habitude de faire sur les réseaux sociaux et vu que c’était la seule chose que je pouvais faire, j’ai réagi avec une icône de petite tête triste. Il s’agissait des deux premières victimes tombées la veille. Alors que je dormais paisiblement à Bruxelles, de l’autre côté de l’océan, en Bolivie la population se déchirait pour défendre sa voix, faisant deux morts. Hier, le conflit a arraché encore une vie et, il semble, que cela ne fait que commencer.

Être loin te met en décalage par rapport au conflit, néanmoins, sous le ciel gris de l’automne belge, je peux sentir la frustration et l’impuissance des gens, entendre leurs cris de protestation et percevoir la déception dans leurs voix au téléphone ou dans leurs mots quand nous nous envoyons des messages. Je compatis avec c’eux qui sortent pour bloquer les rues sous l’implacable soleil du printemps et sans aucune garantie que cela serve à quelque chose. 

J’essaie de discerner l’information réelle de l’avalanche de publications qui émergent minute après minute dans les différents médias et sur les réseaux sociaux. Les informations sur la Bolivie qui circulent dans les journaux belges sont limitée et générale. Le problème se réduit à Evo qui parle du vote rural et de la démocratie -quand cela fait longtemps qu’elle ne l’est plus, et d’une opposition, comme si elle n’était qu’une, criant à la fraude. Cela ne reflète en rien la complexité de la conjoncture , la cacophonie des voix qui se juxtapose et se contredise ni la radicalisation des positions au fur et à mesure que le temps passe.

Parmi tous les pays et toutes les régions en conflit ces dernières semaines -le Liban, le Chili, le Royaume Uni avec le Brexit, la Catalogne, la Syrie- la Bolivie est presque passée inaperçue. On se rend compte combien un pays existe par l’importance de son économie et que le nôtre, malgré sa croissance des dernières années, se situe encore en dehors de la scène internationale. On aurait pu aussi se rendre visibles par des autres motifs, comme celui d’une démocratie plus représentative, initiée par le premier président indigène de l’Amérique du Sud.

De nos jours, ces circonstances historiques qui alors on donnait une espérance de changement à beaucoup, se sont vidé de toute leurs sens. Au lieu de construire un pays pour tous les boliviens et en même temps diminuer la brèche campagne-ville, Evo a opté pour s’enfermer dans un cul-de-sac d’ambition de pouvoir sans limites et l’abîme entre les deux cotés semble chaque jour plus insurmontable.

N’est-ce pas lui-même qui est en train d’opposait le peuple contre le peuple ? Le leader  « cocalero » se superpose au président Evo menaçant d’assiéger les villes et convoquant ses groupes de choc pour propager la peur et provoquer les affrontements. 

En plus de l’aveuglement d’Evo, nous avons aussi perdu la capacité de nous regarder comme des êtres humains et de nous reconnaitre comme des concitoyens malgré nos différences sociales, culturelles et politiques. La peur, la haine et l’intolérance nous nous contaminent comme un cocktail Molotov prêt à exploser à la moindre provocation. Il ne s’agit plus d’une brèche entre la campagne et la ville, mais d’une fracture multiple de la société. Il suffit d’avoir une opinion différente pour que se produise la rupture y compris à l’intérieur même des familles.

Je ne visualise pas d’une solution capable de faire revenir le pays a une « normalité »  mais je voudrais croire qu’à l’intérieur du pays, quelqu’un la perçoit. Parce que le seul qui semble voir clairement les choses c’est Evo, qui considère que la continuation de son mandat est l’unique voie possible.

Moment unique, jamais ressenti, la Bolivie est profondément présente dans mon quotidien. Je plonge dans mon travail et je n’entends que leurs voix, au-delà de l’Atlantique, l’Amazonie et les Andes. Et je me demande si un rapprochement entre les différentes Bolivies qui composent la Bolivie est encore possible ? Y a-t-il une issue dans ce cul-de-sac dans lequel Evo nous a conduits ? 

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