Fluir

Tenía que ser paciente, si se precipitaba no lo percibiría, pero ser paciente era algo difícil para alguien que no había llegado todavía.

Desde hace mucho tiempo estaba en camino. Todos los días eran posibles metas, sin embargo, no se sentía llegar nunca. Hoy se había despertado con un presentimiento, como un impulso metido en el cuerpo, un cosquilleo en el estómago a nivel del ombligo o un poquito más arriba, que le incitaba a salir de casa.

Era una mañana soleada de octubre, los colores entraban por la ventana de su habitación. Se levantó de la cama de un salto y mientras juntaba sus prendas negras para vestirse, trataba de calmar sus ansias musitando una canción. Su cuerpo blanco y redondeado se fue cubriendo capa tras capa de esas vestimentas cotidianas.

Sus enormes ojos marrones, redondos como platos le daban un aire de búho al acecho de su presa y, al mismo tiempo, una expresión de desconcierto. Como la de alguien que no entiende porqué se siente amenazada. De alguna manera tenía que borrar ese semblante de su rostro. No sabía exactamente dónde iría, pero cualquier otro lugar era una posible meta.

El canto de los pájaros que escuchaba a través de la ventana parecía brotar de sus propios labios entreabiertos que se iban pintando de rojo frente al espejo. Se sonrió. Había un brillo en la profundidad de sus ojos que la interpeló. Quiso alcanzarlo y como si se desdoblara se vio a sí misma irse detrás suyo.

Atravesó la puerta del baño, de su dormitorio, de su casa. Recorrió las calles que la conducían al parque. Ingresó en él. Se impregnó de los colores del otoño, del ruido de las hojas caídas bajo sus pies, del fresco rocío de la mañana, del olor vegetal de la tierra, de los rayos del sol que se abrían espacio entre los árboles casi desnudos. Se detuvo.

No quería perder el brillo de sus ojos. No había ninguna razón para su muerte, podía sacársela de encima. Abrió los brazos y llenó sus pulmones de ese aire de bosque rodeado de ciudad. Sintió un calor subir desde sus vísceras que la sofocó. Se desabrochó el abrigo y lo dejó caer sobre sus pies. Tenía que abandonar la imagen del búho al acecho de una muerte.

Salió del parque y siguió caminando por la avenida que bajaba hacia la estación de trenes. Las calles comenzaban a cargarse de tráfico, de gente, de movimiento. No refrenó su impulso por ello. Escuchó una voz conocida que gritaba su nombre y la suya que le respondía. Se vio dar media vuelta e ir al encuentro de ese hombre delgado y desgarbado que la llamaba y que parecía esperarla. Sin esquivarlo.

Se sorprendió frente a él, estando, con el mismo brillo de sus ojos en los suyos, como si estuviera al otro lado del espejo, llegando a través de su mirada.

El día en que se rompa

Era una mañana caliente de inicios de verano, el ambiente en el café estaba animado. Gustavo y yo sentados en nuestra mesa de costumbre, esperábamos nuestro pedido hundidos en un silencio espeso. Comencé a friccionarme el cuello y la nuca y de golpe me miró y me dijo:

– Si no lo pones en palabras tu cuerpo va a explotar, se puso de pie y se fue.

Me quedé sentada en la mesa del café con la mano inerte sobre mi cuello, mientras lo veía alejarse de mí sin mirar atrás. Las conversaciones bulliciosas de la gente dispersa en la terraza del bar y sus vestimentas coloridas formaban una escena en la que yo desencajaba. Me sentía totalmente fuera de lugar.

Gustavo tenía razón, tenía que morder el silencio, atraparlo con la boca para poder decirlo. Ya lo sabía, pero con el tiempo había adquirido una increíble capacidad de callar que me parecía muy adecuada. Era una cuestión de pudor sentimental, algo muy apreciado en mi familia.

Después del accidente, todos en la casa habíamos retomado nuestras vidas como si no nos hubiera cambiado nada. Nos creíamos intocables. Nadie hablaba de la muerte ni de la muerta, la pérdida era un asunto personal, cada uno lo vivía en la más alta intimidad y sin molestar al otro. Estábamos convencidos de que era lo más digno.Y en una familia donde el silencio y la contención era el modus operandi, callar el alma herida era la única salida para no desentonar.

“Vámonos de aquí Cornelia”, me había vuelto a pedir Gustavo la noche anterior mientras cenábamos, sabiendo de ante mano que, como tantas otras veces, no podríamos llegar muy lejos en la proyección de nuestro viaje.  A penas vio que comenzaba a estirar el cuello y a friccionarme la nuca, no insistió más. La idea de irnos a vivir juntos a otra ciudad me seducía tanto como a él. En el fondo yo estaba totalmente convencida de que yo continuaba ahí solo en espera de poderme ir, pero no lograba hacerlo.

Tenía que romper el silencio.

Y un domingo que paseábamos con Gustavo, me encontré de pronto frente a la tumba sin nombre donde están las cenizas de mi hermana, repitiendo su nombre en voz en alta.

Te lo pido

Quizás porque sospecho que no estoy en mi sitio tengo que pedirte que te vayas. No puedo hacerlo yo, no quiero que me odies. Te confieso, no estoy seguro de nada, pero tiene que haber algo más.

Esta vida que hemos construido juntos no puede ser la mía. Parece que lo fuera porque la he vivido yo junto contigo. Pero ese no era yo, sino un impostor. Algún otro ha tomado mi lugar y me ha dejado en el camino.

¿Que quién habla ahora? Pues el que estaba al otro lado, detrás del impostor.  Puede parecerte desquiciado, pero de pronto me siento dividido. Varias voces me hablan a la vez y todas creen ser la mía.

No sé, lo siento, no sé. Nunca estoy seguro de nada, no puedo decirte cual de todas esas voces es la que ha vivido contigo estos 20 años. Solo puedo asegurarte de que no ha sido ésta, la que te habla ahora. No me reconozco en esta escena: yo y tú en esta casa nuestra. Tampoco en ese tren de vida ni en la persona que corre al lado tuyo. Sus luchas me son ajenas. Tiene que haber algo más.

Mi voz tiembla es cierto. Y es que emerge tímida de entre todas esas otras que me habitan junto con las dudas. Desde las profundidades clama por mí. Frágil. Lamento que no te guste cómo suena ni todo lo que dice. Quizás tengas razón, la de ayer era más firme y seductora. Entiendo que la prefirieras aún si no es la mía, pero es que es más fácil asumir cuando no se arriesga nada.

Quizás porque sospecho que esto no puede ser todo te pido que me dejes. La costumbre no me basta y no quiero seguir transando. En el fondo soy un hombre fiel, solo puedo ser uno a la vez. Mi voz es débil, pero habla verdades. Si me he traicionado ha sido sin saberlo. Pero ahora, vete por favor, antes de que comience a odiarte.

¿Por qué tener que escoger?

Durante mucho tiempo las mujeres han tenido que escoger entre ser madres o artistas. Como si esos roles fueran incompatibles, como si con la maternidad el yo creador desapareciera detrás del yo procreador, como si satisfacer las necesidades de los niños pudiera aplacar la necesidad creativa.  ¿No es acaso todo lo contrario? Las experiencias intensas son fuente de inspiración, el movimiento llama al movimiento, la creación a la creación.

¿Por qué tener que escoger? ¿No nos sentimos, quizás, suficientemente legítimas y capaces para asumir todo lo que somos y hemos decidido emprender?, se pregunta Nancy Huston en el “Journal de la Création”.

Es cierto que entregar su tiempo a algo que no existe, que no es palpable, que no se puede contabilizar y que no asegura ninguna rentabilidad parece totalmente incoherente, más aún si eres mujer. ¿Pero qué se supone que deberíamos hacer? La tentación de refugiarse en la maternidad donde nuestro poder es rara vez contestado es grande, dice aún Nancy Huston.

Si observo con atención a las mujeres de mi propio entorno, advierto con regocijo que, como yo, tironeadas entre sus diferentes roles: mujer-amante, mujer-artista, mujer-madre, mujer-emprendedora, han ido desarrollando una formidable capacidad de transitar entre ellos.

Es necesario ser una verdadera malabarista para poder pasar de un rol a otro manteniendo el equilibrio del todo. Para poder sumergirse en uno sin dejar los otros a la deriva, sino más bien, como las clavas de malabares, mantenerlos flotando en algún lugar de la consciencia. Porque por mucho que estemos enfocadas en uno de nuestros roles, seguimos siendo todo lo que somos. Y esa capacidad de existir en extensión, de estar presentes en lo que hacemos sin perder la consciencia del resto es la base de nuestro equilibrio y de la sobrevivencia de nuestra integridad.

Pienso que la urgencia nos ha hecho desarrollar esa destreza. Quizás porque hemos comprendido que, así como entregarnos al cuidado de nuestros hijos, consagrarnos a la creación, cualquiera sea nuestro arte, es una cuestión de vida o muerte.

Y aún si ese equilibrio es precario, ¿porque tendríamos que escoger si ahora, gracias a la lucha de tantas mujeres, tenemos la opción de ser seres múltiples?

Photo: Jean-Luc Tanghe

Los finales no existen

Necesitaba estirar las piernas. Me preparé un café amargo después de escribir unas últimas palabras. El aroma del expreso recién preparado me volvió a sumergir en el universo de mis personajes. Ahí estaban de nuevo, habitando mi cuerpo como si fuera su casa.

A veces me agobian con sus presencias, como si supusieran, al igual que mis hijas, que siempre estoy disponible, que no tengo una vida fuera de ellos. Otras veces, como hoy, están tan lejos que comienzo con el temor de no encontrarlos.

No sabía cómo continuar. Aunque yo sé que lo que había sigue ahí, existe siempre un estrés de que lo que has encontrado en un momento, por muy evidente que haya sido, se desvanezca en el siguiente.

Algo tenía que llegarme desde adentro, desde las sensaciones, las intuiciones, para que me desprenda del cerebro y de la aprensión de que no me llegue nada.

Tenía que tropezarme con una pista, un punto de partida que me enganche de improviso y me lleve en el impulso como una bola de nieve. También podía traerlos con la cabeza, pero lo sentía forzado. Retomé una frase inconclusa de la semana anterior y ahí reaparecieron.

Cada vez los conozco mejor, hasta sería capaz de proyectarlos con mi mirada y deducir lo que podrían decir, sentir o pensar en cualquier situación. Los conozco mejor que a mucha gente de la vida real.

¿Cuánto conocemos a las personas que conocemos? ¿Podemos, acaso, entrar en sus cabezas como lo hago en la de mis personajes?

Pienso en mis amigas de la infancia con las que compartí tantos momentos. ¿Qué sé realmente de ellas sino lo que publican en las redes sociales? Descubrir, de repente, que tengo una pasión compartida, revela todo lo que ignoraba e ignoro. Sin embargo, siguen ahí a pesar de los años.

¿Y mis personajes con los que convivo tan íntimamente en este período, también seguirán junto a mí cuando haya terminado su historia, o me dejarán con el paso del tiempo?

Me siento de nuevo para seguir escribiendo, todavía me queda un buen trecho. Los rayos del sol entran a través de los estores, creando sombras tenues sobre el parqué y los muros. La luz clara y limpia se difumina por todo el salón sin dar opción a la duda. La urgencia me empuja a ponerme a escribir. Los finales no son más que una transición hacia un nuevo proceso.

Extracto

del libro que me ocupa

“Encontré esa libreta.

Sabía que estaba en alguna parte. A pesar de tener la costumbre de botar todo lo que ya no tiene vigencia en mi vida, nunca he sido capaz de deshacerme de mis cuadernos de notas. Son quizás los únicos tesoros que tengo.

Puede parecer pretencioso, como si lo que pensara o sintiera tuviera tanta importancia, pero para mí un cuaderno de vida cargado de los cuestionamientos de una época tiene más valor que la cadenita y la cruz de oro que recibiste en la infancia o la sortija que te regaló algún pretendiente.

He ido dejando mis restos en el camino, como Hansel y Gretel, como migajas de lo que fui en cada lugar y cada momento. Pero no con la intención de regresar. Mi camino ha sido siempre un ir sin retorno, al menos eso es lo que yo pensaba. Quizás también lo que temía Cristina, mi madre, aunque en el fondo estoy segura de que ella sospechaba que un día desearía volver a mirar atrás.

Recorrer ese cuaderno es un viaje en el tiempo. Podría encontrarme con Gabriel, mi padre muerto, o incluso con Otto, ese abuelo suicida que nunca conocí. Ellos continuaron hablándome a pesar de haberles volcado la cara. Nunca fui a ver la tumba de mi padre en el cementerio. “Qué acto inútil”, pensaba yo. Aparté los libros de mi abuelo el poeta, de la cabecera de mi cama. Y aún así, ambos siguieron caminando a mi lado.

“Es una enfermedad de indiferencia la que agobia mis tristes soledades”, decía Otto. Sus sombras son también mías. Sentí vértigo. Si encontrara mis otros cuadernos, podría demostrar cómo en aquella época previa a mi decisión de partir, me encontré con él a través de sus versos. Yo utilizaba sus mismas metáforas para traducir las ebulliciones de mi alma, pero sin escribir poesía, ni nada por el estilo. La escritura era como una puerta prohibida. Como si su destino pudiese también ser el mío. Y yo, Paula, tenía otras ambiciones.

Era duro ser la nieta de un poeta suicida, aún más si llevaba conmigo la misma pasión por la que apretó el gatillo. Aceptar su pluma era una condena de muerte. Tenía que salvarme, asegurar mi apego a la vida antes de lanzarme al vacío.

Para esquivar el abismo, de un salto de 9 mil 937 kilómetros aparecí un día del otro lado del océano, reinventándome una vida lejos de la muerte.

Yo, que había sido hasta entonces de aquellas que viven hacia dentro, decidí sin decidir realmente, bloquearme el ingreso. Dejé de portar un cuaderno conmigo y como una legumbre, me dejé llevar por el movimiento de una vida cargada de compromisos y obligaciones. Cerré el acceso a mí misma y comencé a existir de mi epidermis hacia fuera, sin cuestionar los ecos internos. Censuré también las puertas al amor y a todo tipo de situaciones que pusieran mi ser en juego.

Realicé nuevos estudios en ese país extranjero que había elegido, los que me permitieron redirigir mi camino y construir una carrera bastante exitosa. El trabajo como directora de recursos humanos me convenía a la perfección.

Pero cómo podía adivinar que la inercia era una forma de muerte.”

Mil vidas

Lo increíble de esta aventura de la escritura, me digo yo, es que puedes inventar las realidades que quieras y vivirlas como si fueran tuyas a través de tus palabras.

Es como si se me hubiera revelado un poder. Más allá de haber encontrado mi lugar con la escritura, he descubierto una manera de reinventarme y hacer el mundo más vivible para mí.

Lo que no funciona en la vida real porque la gente que amas te abandona o porque las cosas no siempre salen a tu gusto, lo puedes recrear escribiendo. Y puedes vivir mil vidas, aquellas tuyas que por uno u otro motivo te las perdiste y todas las otras que ni te imaginabas que podían existir.

Es una locura, de repente pienso que hasta podría volar. ¿Por qué no? Si puedo encontrarme con mi padre muerto y hablar con él, porque no podría levantar el vuelo.

Volar es la cuestión, decía en uno de mis antiguos textos. Estábamos reunidos con un grupo de V.A., voladores anónimos, y discutíamos sobre las técnicas del vuelo. Nuestro objetivo era encontrar una fórmula, algo así como: 2+2=Volar.

Unos decían que volar era como comer chocolate, otros, como desafiar a la gravedad dando saltos mortales o lanzándose al vacío. Yo estaba segura de que era como hacer el amor. Pero el problema, y en ello concordábamos todos, es que no duraba, no lográbamos mantenernos en las alturas, siempre volvíamos a caer. Hay algunos que, cansados de estrellarse, habían decidido ir hacia el otro lado y se pusieron a cavar. Se sentían más enraizados. Nunca encontramos la fórmula.

De repente años después, descubro que puedo hacerlo con las palabras. No solo porque me puedo inventar en las alturas, recorriendo ciudades y continentes, sino además y, sobre todo, porque cuando lo hago, atravieso muros y ventanas y salgo volando.

Nadie tiene que esperar nada, ni siquiera yo misma. Me estrellaría. Es el deseo el que moviliza. Solo quiero gozar la sensación de mi cuerpo sin peso, de mi imaginario que despega y vuelve trayendo palabras como si fueran vidas nuevas.

“Créer c’est vivre deux fois »
Albert Camus

Disonancias

Está paseando por el bosque cuando la foto que ha recibido por mail un par de días atrás se reproduce en su mente. Vestida con un conjunto de falda y blusa roja que sobresale del resto de tonalidades del paisaje, ella de niña junto con su padre ya muerto posan en medio de un camino de tierra rodeado de hierbas amarillentas, arbustos y algunos árboles. No tiene ningún recuerdo concreto de esa ocasión, pero reconoce el lugar.

Se trata de los valles que se extienden alrededor de la laguna de la Angostura en la ciudad de Cochabamba. A pesar de la fama que tiene la zona por su clima soleado, su biodiversidad y sus atractivos turísticos, a pesar de haber pasado lindos momento de su infancia ahí, a ella no le gustaba. O en todo caso, no era de sus lugares preferidos.

Todavía recuerda la sensación desagradable de tirantez en su piel cuando llegaba ahí, de los rayos del sol picando sobre las partes descubiertas de su cuerpo, de la polvareda que se levantaba a cada paso que daba sobre esa tierra seca. No, no le agradaba ese valle. Ella prefería los colores intensos como el de su vestido, aquellos que explotan bajo la luz del día, y ahí estaban como pasados por agua. Ni siquiera eso, porque la sequía tendía a dominar en la zona, más bien pasados por tierra que con el viento se espolvoreaba cayendo como un manto sobre todo el paisaje.

Sobresaltada por los ladridos de un perro que corretea eufórico entre los árboles, sale de sus recuerdos y se detiene. La visión que tiene del bosque la envuelve y conmueve.  Aún es invierno, pero ya se pueden vislumbrar algunos trazos de primavera entre el follaje. Piensa en el calentamiento climático, antes de sentarse en uno de los bancos que tiene cerca y dejarse calentar por los rayos del sol que, con su luz naranja del atardecer, se abren paso entre los árboles y llegan hasta ella.

De repente en medio de ese lugar, la niña de la foto con sus cabellos claros y su vestido rojo sangre le parece como ajena o venida de otra imagen. Como si no combinara con ese cuadro valluno. Sí, porque ella prefería la otra laguna, aquella con paisaje exuberante de intenso verde que se encuentra en la cabecera de monte al otro lado de la ciudad, camino hacia el trópico. La laguna de Corani rodeada de bosques de pinos y de ríos. Y cubierta, la mayor parte del tiempo, por un cielo gris con nubes tan bajas que te sientes como tocando el cielo cuando caminas.

Ese entorno natural sí que le cautivaba. Le invitaba al acogimiento y a la contemplación, a entrar en contacto con esa parte suya sedienta, aguda y sensible con la que gustaba estar. Sabe que a su padre también le hacía soñar despierto.

Comienza a reírse sola porque, de repente, encuentra tantas similitudes entre el entorno del lago que tanto adoraba y el de este “plat-pays” que es ahora el suyo, que es como si lo hubiera buscado. Al final, se dice mientras se pone de pie, había encontrado por azar un lugar que se le parecía un poco más, en el que no se sentía desentonar tanto. Al menos por el momento.

De pronto su padre aparece al lado suyo, le agarra del brazo y continúan caminando.

Tierras movedizas

Quiere seguir escribiendo. Pero no bastan las buenas resoluciones, tiene que ser capaz de enchufarse, de cambiar de lugar o de ángulo si, desde donde está, no logra despegar. Se lo digo así, tal cual. Ella, que es yo misma, lo sabe, pero no logra moverse y el nuevo año ya ha comenzado.

Estoy atrapada en una especie de vórtice alrededor del cual un sinfín de imágenes, personajes y escenas se arremolinan junto con el miedo. Es como una auto emboscada. Yo, que es ella misma, puedo ver todo eso desde el otro lado. Y me digo que, si soy capaz de hacerlo, podría sacarnos de ahí.

Las sensaciones que había experimentado durante el verano anterior mientras mi cuerpo se hundía en las arenas movedizas de la bahía del Monte de San Michel, volvieron como para decirme algo. Si sigo luchando contra los miedos como lo hice contra la arena, terminarían por engullirme por completo. Tengo que ser paciente, relajarme y volver al cuerpo, mi casa. Finalmente yo soy de aquellas que encuentra y recarga sus energías en el movimiento.

Me doy la vuelta hacia ella y le digo, “tienes que seguir moviéndote para evitar que el miedo se afiance y luego aliarte a él en lugar de luchar en contra”.  Mis piernas, al fin y al cabo, se habían apoyado en la misma arena para poder salir.

El miedo en sí no es malo, nos mantiene en alerta, con todos los sentidos despiertos, nos advierte cuando hay peligro. Es una fuente de información. Tenemos que reconocerlo y aprender a utilizarlo para que en el lugar de freno se convirtiera en un motor.

Ella que es yo misma, comienza a respirar profundo desde el centro hasta la periferia, a ocupar todo su espacio y a recuperar con el aire y el movimiento la flotabilidad de su cuerpo. De pronto, atraídas por un paisaje con cielo azul-violeta y árboles vestidos de invierno blanco, ella y yo nos reunimos de nuevo. Y como un globo amarillo inflado de helio que se mece en el aire retenido por un hilo invisible, nos dejamos ir detrás de las sensaciones y voces que nos habitan.

Para mí no hay ningún invento, todo está ahí solo tengo que ir al encuentro de los universos y personajes que prexisten a la escritura.

Siento como dice Marie Darrieussecq, que la escritura es un estado de transe ligero. Exige desenchufarse de la vida cotidiana, despegar los pies del suelo firme y al mismo tiempo guardar un cierto grado de conexión. Cuando despego de mí realidad inmediata el miedo se esfuma. Tengo que llegar a ese punto sin dejarme dominar por él.

La llave para lograrlo y sumergirme en la escritura es conectarme a mi cuerpo.

 

Photo: Rhonda Whyte

El pacto

Solo hay una puerta abierta que al final, terminó por cruzar.

Se acuerda de un episodio que para ella tiene directa relación con ese acto. Estaba sentada en la terraza de un café con una amiga, discutían sobre una futura colaboración. El ambiente estaba animado, así como suele estarlo cuando el sol acompaña el final de una jornada de primavera. Los autos que se amontonaban en la esquina del café, casi podían rozarles al pasar. Si extendían mucho sus brazos corrían el riesgo de ser arrastradas por uno de ellos que, para dar la vuelta, tenía que cortar la curva.

Era lo de menos, porque lo importante ocurría en el diminuto espacio de su mesa. Recuerda bien esa velada y las oscilaciones de su espíritu entre el querer y el no atreverse, ese momento casi imperceptible que la puso del otro lado.
— Entonces, ¿te lanzas?
Tenía su copa de vino en la mano mientras reía, por no salir corriendo, de una propuesta que le pareció tan atractiva como inquietante. Y como por efecto de una palmada en el hombro, de unas gotas de vino derramadas y de una sonrisa cómplice se encontró, sin darse cuenta, del otro lado de la puerta.
— Sí, voy a escribir ese libro.

Esa misma noche caminando de retorno a casa bajo los últimos reflejos de sol, supo que no podía volver atrás. Se puso a escribir, pero esta vez con la certeza que iría hasta el final. Sentada en el suelo o sobre sus propias piernas, en su escritorio o en el bar de la esquina las palabras venían de manera fluida. No había nada concreto que le empujara a hacerlo, ningún objeto. Solo el silencio. No era el exterior lo que la ponía en acción. Venía de adentro, no de algo que había, sino que no había. De una ausencia. Como si tuviera que llenar un vacío o descifrar lo que no entendía, entonces escribía.

Lo hacía hasta detenerse. Cerraba su cuaderno y, como cuando salía de su casa y atravesaba la puerta cerrándola detrás suyo, se iba caminando hacia el resto del día o de la noche. No era siempre fácil partir sin mirar atrás, sin llevar consigo pedazos inconclusos o irresueltos dando vueltas en su cabeza. Pero formaba parte de su práctica cotidiana. Tampoco era evidente volver cuando se había alejado tanto dando alguna clase o respondiendo a sus demás responsabilidades.

Y ahora, cada vez que no estaba creando, se preguntaba si no estaría perdiendo su tiempo.

Para entrar y salir de la escritura había encontrado una manera orgánica. El secreto para ella estaba en el cuerpo. Tenía que prepararlo como si fuera a bailar. Sea con palabras o con movimientos, la escritura venía de él.

Luego llegaban las preguntas del porqué o para qué, hacia dónde iba o quisiera ir. Luego aparecían las historias y sus personajes a nutrirse y a acompañarla. Pero ya había atravesado la puerta, la escritura estaba en ella y no la abandonaría.