Entre divagaciones y sensaciones del instante

El ambiente festivo del parque bajo el cielo azul, tan poco usual en Bruselas, sumado a la excitación de la gente, me incitaron a decidirme a último minuto. Y con la ingenuidad de quien jamás ha corrido 10 kilómetros, atravesé la línea de partida con energía, junto a la masa ansiosa de participantes.

En los primeros metros, me concentré en sincronizar mis pasos con mi respiración y en encontrar un ritmo que me pareciera adecuado para llegar al final. Luego me dejé arrastrar por la multitud, sintiendo el roce de las personas que me pasaban y de las que yo adelantaba.

De pronto, mi mente partió detrás de una idea dejando a mi cuerpo seguir la carrera. ¡Ah!, cómo me hubiera gustado tener mi libreta de notas conmigo o al menos mi teléfono, para poder registrar esa seguidilla de imágenes que desfilaban por mi cabeza y todas esas historias que se iban creando, con personajes de carne y hueso. Como la de aquel hombre que en un momento corría a mi lado, dejando caer con fuerza y estruendo todo su peso, de quizás 58 años, sobre sus piernas huesudas y enclenques. O la de aquella niña diminuta que, con timidez, pero a paso ligero como el de una ardilla, se escabullía entre la gente que le doblaba en altura. Si le di 12 años era por ser la edad mínima requerida para participar de la carrera, sino le hubiera dado máximo 10 como mi hija.

Y así en un principio, entre personajes e historias imaginadas, fluía en la carrera sin darme cuenta, sin sentir el esfuerzo, hasta que algo me traía de vuelta. Como el sentirme de repente estampillada contra el corredor de adelante, porque de manera inesperada decidió detenerse, generando una colisión en cadena. O como la ambulancia que a grito de sirena avanzaba con dificultad entre la masa apretada, que corría en una pequeña ruta empedrada en pleno bosque y que tenía que hacer el esfuerzo de cederle el paso.

A penas volvía a encontrar mi ritmo, me iba de nuevo en imágenes y pensamientos, constatando que al hacerlo engañaba al presente, lo disuadía. ¿Cómo decirlo?, entraba como en otro tiempo, en el que fluía sin sentir el esfuerzo físico. Pero resulta que cuando volvía al bosque, a la carrera, a mi cuerpo, me daba cuenta que no había avanzado mucho, que ni siquiera había pasado al siguiente kilómetro.

Y me acordé de Johnny en “El Perseguidor” de Cortázar, aunque no era exactamente igual, me pareció lo mismo. Correr en medio de ese río de gente que se dirigía hacia la misma dirección, era como estar metida en un reloj, en el que mis pasos marcaban los segundos. Cuando me dejaba ir en pensamientos, entraba a otro tiempo. No ese lineal, sino a otro más redondo que era el mío. Sí, era exactamente eso lo que sentía. Y no había ninguna relación entre el tiempo de la carrera y ese otro circular que transcurría, pero no avanzaba en el espacio. Porque si contaba todo lo que había pasado entre los pasos en los que despegaba y los que aterrizaba, tenía seguro para más de los cuantos metros que había recorrido.

Esa idea me angustió, estaba cansada y creí comprender de repente lo que 10 kilómetros podían significar. Quise partir de nuevo detrás de alguna de las imágenes que antes me llevaron lejos, pero las sensaciones del presente eran tan intensas, que no me dejaban despegar. Estaba como anclada en el instante, al ritmo de mis pasos, de mi respiración agitada y mi corazón en la garganta.

Nadie me obligaba a seguir, podía detenerme en cualquier momento y continuar caminando o incluso, hacer un cruce transversal para escapar de ese flujo. Pero parar o caminar, era como salirme del tiempo y una vez engranada en algo, la única salida que me podía permitir yo misma, era la de llegar hasta el final.

Así que, a modo de darme ánimo, me dije: ¿no se supone acaso que se trata precisamente de esto, es decir, de vivir el instante?, tratando al mismo tiempo de encontrar el placer del momento. Pero en cambio, el choque cada vez más intenso de mis dedos contra mis zapatos nuevos, hizo resonar la voz de Maya en mi cabeza. ¿Cuánto dura el presente?, había preguntado ella.

Y como si estuviera invocando algo, comencé a repetir en ciclo: uno, dos, tres… al inicio de cada expiración y acompasando con mis pasos. Me acordé haber leído que la duración en la que nuestra mente percibe los datos sensoriales, es decir, la sensación del presente, era de tres segundos y me pareció larguísimo. Me sentí caer sobre mi presente, uno tras a otro, a cada paso que daba. O más bien, que éste se desplomaba sobre mí, sobre mi cabeza chamuscada bajo el sol y mi cuerpo cansado. Todo lo que sentía en esa seguidilla de instantes estaba relacionado con la carrera.

Constatación que me generó una especie de alivio, porque si el presente era algo así como el promedio de los últimos quince segundos, resulta que tanto el mío como el del resto de participantes, estaba invadido por las sensaciones y experiencias de la carrera. Entonces pensé en mis amigos que también corrían conmigo y sentí una especie de solidaridad colectiva. Todos a su modo, compartíamos el mismo presente aún si no nos veíamos.

Entre divagaciones y sensaciones del instante me encontré, de pronto, en el noveno kilómetro con una energía inexplicable. ¿Había encontrado acaso, en ese va y viene entre estar en mi cuerpo y dejarme ir en mis pensamientos, la manera de fluir en el presente a pesar del esfuerzo? Me sentía inspirada. El movimiento me liberaba.

Y así, con mi cuerpo sensible y la presencia ya un poco borrosa de todos esos personajes, ideas e historias que me habían acompañado, atravesé la línea final sostenida en mi propio instante.

Retazos

Una vez más la ciudad le abrió sus brazos, en un último respiro de reconocimiento lo despidió con efusión. Tenía todos sus recuerdos guardados en el cofre del vehículo que le conduciría al aeropuerto. Su avión partía en un par de horas y él tenía ganas de dar una última vuelta por el centro. No sabía cuándo regresaría, si es que lo hacía, y quería impregnarse de los olores y colores de esa ciudad que alguna vez había sido la suya.

Caótica como él mismo podía serlo a veces, sus calles organizadas en cuadras alrededor de una plaza central estaban invadidas por el comercio. Negocios en cada puerta, carteles de todo tipo, forma y color, puestos de venta improvisados sobre las aceras y multitud de vendedores ambulantes, convertían el casco viejo de la ciudad en un gran mercado bullicioso y enmarañado. Antes, era algo que le disgustaba hasta la indignación. No podía concebir, cómo el tímido encanto de esa ciudad, antaño señorial, podía estar totalmente camuflado detrás de esa locura de comerciantes y compradores en busca de su oportunidad diaria.

Ahora, y lo reconoce mientras saborea un anticucho con salsa de maní picante en medio de la agitación, hasta le enorgullecía. Esa invasión humana le daba un carácter de autenticidad real. Esa ciudad respiraba lo que era, se dejaba hacer y deshacer por sus habitantes en su lucha cotidiana por ganarse la vida. Sin maquillajes, sin formas preestablecidas, ellos se habían apropiado de esas calles coloniales y las habitaban a su imagen y semejanza.

Eran los colores de muchos tiempos en uno solo, de muchas culturas conviviendo en el mismo espacio. Eran los olores de la vida misma: de los puestos de comida servida a toda hora, de los rincones baño público, mezclados con el sudor de los cuerpos bajo el sol y la contaminación de los automóviles, micros y trufis. Eran los gritos de los comerciantes ofreciendo sus productos con insistencia, las bocinas de los vehículos y las conversaciones animadas de toda esa gente que no se priva de nada porque está en su casa.

Se deja invadir por ese mundo que, aunque ya no es el suyo, también forma parte de él. Sí, porque a pesar de su apariencia depurada y sus modos contenidos, esa explosión de formas y maneras también lo componen. Respira profundo como queriendo absorber en una bocanada ese coctel de sensaciones para llenarse aún de recuerdos y, embriagado, se dirige al aeropuerto, impaciente de volver a casa.

Esta mañana

Esta mañana, te observas escribiendo y te preguntas, como Modesta en “El arte del placer”, si quieres realmente volverte esclava de tu pasión.

Sabes que necesitas de esa intensidad que te saque de tanta realidad, te empuje a sobrepasar tus límites una y otra vez y te haga soñar. Al mismo tiempo, es como si quisieras evitarlo, porque esa necesidad de ir más allá llega con una fuerte carga de ansiedad.

Cuando te apasiona algo te sumerges en ello sin resistencia mientras el placer acompaña tus acciones. No sabes en qué momento aparece la urgencia y del placer pasas a la obligación y de ahí al sometimiento. Entras en una especie de persecución desenfrenada con el fin de llegar al origen de algo que ni siquiera tiene forma ni consistencia, porque no existe más que como una intuición. Entonces te preguntas porqué lo sigues haciendo.

Crear es una ilusión y tiene el poder de seducir. Cuando hay algo burbujeando al interior tuyo que busca la manera de salir, primero resuena en tu cuerpo y luego llega a tu entendimiento invitándote a sondear los límites. Tú tienes la opción de escoger entre ir a su encuentro o ignorarlo.

Al principio, hay una distancia confortable entre ese algo burbujeante, tú cuerpo y tú. Luego ese algo te toma y sabes que mientras no logres descifrarlo y darle la forma, estará ahí agobiándote, perturbando tus días, tus acciones y tus relaciones. Entonces tienes que dejarte invadir hasta que de alguna manera las sensaciones, imágenes y pensamientos se articulen por dentro y logren formar aquello que tiene que salir.

No importa la forma que tome, lo que cuenta es que represente lo más fielmente posible ese movimiento interno y que te convenza. Es difícil negociar con uno mismo, porque si bien no sabes hacia dónde vas, sientes con certeza si la dirección que estás tomando resuena dentro de ti.

Ya es tarde. No hay manera de esquivar ni disuadir.

Mientras especulas sobre ese algo que, aunque todavía no existe más que como una sensación, ocupa cada vez más espacio; a pesar de la ansiedad que te genera, tú ya has decidido continuar.

Infancia

Me acuerdo del bosque al lado de casa
los enormes eucaliptos levantándose ante nuestras miradas de niños
su olor.

Me acuerdo corriendo a través de esos árboles
jugando al lobo feroz con mis hermanos
a construir cabañas con sus ramas caídas.

Me acuerdo de los fuertes vientos de agosto,
las copas de los eucaliptos sacudiéndose con estrépito a la altura del cielo
el ruido amenazante, anunciando el peligro.

En las faldas del cerro
al lado del bosque
mi casa
un punto.

Escuchando con miedo la agitación de los árboles
imagino que caen y parten mi casa en varias tajadas
como machetes empuñados con furia.

Tan frágil frente a la fuerza del viento
aún así mi hogar, cálido refugio,
leche con chocolate caliente y buñuelos,
palabras que reconfortan y juegos de niños.

¿Y nuestra cabaña del bosque?
mañana construiremos otra.

Pero el grito de las motosierras, los eucaliptos caídos
casas y mas casas
la ciudad ha tomado el bosque
mi casa vendida
fin de la infancia.

Cuando te vas yendo

Qué importa que en apariencia permanezca ahí
El cuerpo
Lo cierto es que está y mi alma se agita
Sale
Las paredes caen vencidas
Se aleja
Libre y ágil
Atraviesa la ciudad
Continúa más allá
Elevándose
Se zambulle hacia arriba
Más allá de las miradas
y luego emerge
Como entre sueños
Ligera
De lugares no posibles
Aún no posibles
Mas que surgirán
Flotando
Ondulante
Las miradas me sostienen de un hilo
Como a un volantín
Testigos del cuerpo
Vuelo

Si la posibilidad de elevarse atraviesa mi cuerpo
Si esa posibilidad resuena
Es porque alguna cosa semejante al vuelo se estremece dentro de mí
Aquí estoy
De vuelta en el cuerpo
Me sorprendo ante el espejo
Apenas puedo creer que tengo límites

Reflejos

Desde niña había comprendido que todo se mueve, cambia, se transforma y que era inútil ir en contracorriente.

Si quería engranar en su vida y en ese mundo tenía que aceptar ese principio de movimiento al interior y al exterior de sí misma. Aferrarse a un estado de cosas solo podría traerle frustraciones, porque lo que tiene sentido en un momento, deja de tenerlo en el siguiente.

De manera natural, asumió ese principio, hasta que el moverse, cambiar de ciudad, de país se convirtió en un estilo de vida. El movimiento genera movimiento, era claro. Cuando se ponía en marcha hacia otro destino, en su cuerpo seguía resonando lo que dejaba, al mismo tiempo que se abría espacio lo que iba llegando. Por un tiempo, todo se revolvía hasta el vértigo. Y luego, poco a poco la convivencia con los nuevos códigos y formas le hacían descubrir otras maneras de mirar y procesar las ideas.

Y ahora, caminando por la rue des Bouchers de esa ciudad que tanto ama y que aún siente a su medida, se pregunta si ese principio de movimiento implica necesariamente un cambio de territorio. Porque si fuera así, después de tantos años en el mismo lugar, tendría que partir de nuevo y no tiene ganas. ¿Se estará acomodando, acaso, en esa zona de confort de la que se habla tanto? Al mismo tiempo, cuántas veces le habían insinuado sin decirlo, que partir era una manera de huir. ¿Dónde se encontraba ahora?

Mientras ingresa tranquila a la Galería de la Reina en medio de la multitud apresurada que busca protegerse de la lluvia, reconoce que el movimiento exterior no siempre repercute en el interior. Al final, ella está viajando desde mucho antes que comenzara a hacerlo literalmente. Lo hacía cuando se dejaba ir en sueños y fantasías, reflexiones y preguntas, cuando andaba ya en busca de su lugar en este mundo.  Sí, había comenzado ya esa larga errancia y lo continuaba haciendo a pesar de seguir en la misma ciudad.

Sumergida en sus pensamientos, el reflejo de su imagen sobre una larga banda plateada que cuelga al interior de la vitrina de una tienda de chocolates, le hace detener. Mirándose con curiosidad sobre esa superficie que no para de moverse con el abre y cierre de la puerta, se pregunta, qué hubiera sido de ella si se hubiese quedado ahí donde nació, si no hubiese partido en ese largo viaje sin rumbo. ¿Quién sería esa mujer que ve ahora? ¿Se reconocería en ella?

A través del mismo reflejo, percibe a Juan que llega a su encuentro y antes que pueda darse la vuelta para abrazarlo, siente su beso detrás de la oreja. Se deja estremecer.

¿Finalmente, no es acaso eso estar en casa?
Agarra la mano de Juan y jugueteando lo tira hacia la calle.

Tan solo

Creí que te habías ido a causa de eso.
Acostada en nuestra cama, te esperé cinco noches.
Sin embargo, nos queríamos.
Un hijo, eso es lo que creía que nos faltaba.
Decidimos ir en busca de Elio.
Le dimos un nombre, como si de entrada supiéramos que iría a ser varón.
Elio.
Es verdad, te asustaba la previsibilidad de nuestros días.
Yo en cambio, me encargaba de que todo estuviese como tenía que estar.
Pero Elio no llegaba.
Mi cuerpo ansioso no pudo hacer que viniera.
Yo pensé que por eso te habías ido.
Y aún en el duelo de nuestro hijo que no fue, me creaba la ilusión de que todo continuaba como antes.
Y tú tan solo querías que nos dejáramos ir.
Así tan solo, en ese dejarse ir en el flujo de las cosas.
Y esta mañana cuando te vi a lo lejos, lo entendí todo.

Otras veces

A veces el tiempo avanza sin hacer ruido y yo engrano en él sin mayor dificultad. Mi espíritu es ligero y se entrega al día sin resistencias, sin preguntas sobre el sentido de las cosas, de cada uno de mis actos, de cada palabra dicha o no dicha. En los días como esos, mi presencia desborda el espacio que habito, la energía palpita en mi cuerpo y la palabra intensidad está por todas partes.  Pero otras veces, aunque todo tiene la misma forma y ocupa el mismo espacio, aunque todo sigue igual en apariencia mi espíritu agitado en modo “todo es demasiado y nada es suficiente” se arrastra a lo largo del día sin encontrar sentido en el tiempo que pasa.

Como todas las mañanas

Un día como otros, Gabriel abrió los ojos. Esa mañana, sin embargo, no se encontraba en su habitación sino en otra que no era suya y que no lograba reconocer. Le pareció extraño porque recordaba haberse acostado en su propio cuarto. Dio vuelta la cabeza bruscamente en busca de su ropa y constató que, tal como lo recordaba y lo hacía todos días, estaba sobre la silla, al lado de la cama; con la sola diferencia que no se trataba de la misma cama ni de la misma silla. Sin comprender cómo había llegado ahí, recorrió el espacio con la mirada. Era evidente, no conocía ese lugar y sin embargo, había algo en el aire que le sonaba familiar.

Hizo un repaso de los acontecimientos de la noche anterior. Llegó tarde después de la cena con sus amigos, había tomado un poco, pero no tanto como para perder la conciencia. Tenía 50 años y aunque era soltero, ese tipo de excesos ya no formaban parte de su vida. Además, recuerda claramente que, llegado frente a la puerta de su casa, no encontraba sus llaves y que quiso llamar a su madre para pedirle sus copias. Al final no lo había hecho, porque al buscar su teléfono en su chaqueta, sintió su llavero del otro lado del bolsillo roto. No había dudas, anoche se había acostado en su propia habitación como de costumbre y ahora, se despertaba en otra que no era la suya.

Como todos los días, se levantó de la cama y se vistió con rapidez, pero sin tomar una ducha. La idea de que alguien entrara de improviso y lo sorprendiera le estresaba. Por los ruidos, adivinaba que el resto de la casa también se ponía en marcha. Escuchó que alguien lo llamaba y un momento después, la puerta del cuarto se abrió de un golpe. Una joven metió su cabeza y con una sonrisa, le pidió que se apurara. No parecía sorprendida de verle, lo que le obligó a seguir el juego por no saber qué hacer. Salió de la habitación y siguió a la joven a través de un corredor que los condujo a la cocina, donde el aroma del café le concedió un respiro familiar.

Una mujer que parecía estar llegando, se le acercó sonriente y le dio un beso en la boca, antes de desearle buenos días e ingresar hacia el lado de los dormitorios. Por su maleta adivinó que llegaba de viaje. La joven le alcanzó su café, mientras le contaba algo que había sucedido el día anterior. Por lo que pudo entender, se trataba de un evento importante para su carrera y que, de alguna manera, le implicaba también a él. Pero no pudo seguir el hilo del relato, porque en medio de una frase un “papá” dirigido a él, lo dejó colgado.

En silencio y sin resistencia, Gabriel se dejaba llevar a lo largo de esos instantes que no eran suyos y que, sin embargo, estaba habitando con su cuerpo. Instantes que no le pertenecían pero que quizás podían haberle pertenecido de haber tomado otras decisiones. Y mientras buscaba respuestas que explicaran lo que estaba viviendo, el contacto de un beso cariñoso contra su mejilla le hizo desbordar de una felicidad hasta ese momento desconocida. Quiso hacer perdurar esa sensación, pero en cambio su cuerpo se quedó bloqueado y aprovechando que la joven había salido de la cocina en busca de algo, tomó las llaves que pensó suyas y se dirigió hacia la puerta de calle. Tenía que salir de esa casa, de esa historia que podía haber sido suya pero que no lo era. Con la urgencia de quien escapa a lo que le sobrepasa, cerró la puerta de un golpe precipitado. Y de pronto, encontrándose ante ella, se dio cuenta que como todas las mañanas, estaba solo frente a su propia casa.

Y cuando se disponía a ir en busca de su coche, la ventana del segundo piso se entre abrió y la mujer que parecía haber llegado de viaje, sacó la cabeza a través de ella, mientras él le miraba atónito:
– No olvides que esta tarde necesito el auto, le gritó.

Lunes

Comenzar una semana es como montar sobre una montaña rusa. Subes al lunes como si fuera uno de los vagones del tren, y luego, agarrándote con firmeza, solo te dejas llevar a través de las horas, de las citas sucesivas, de los “tengo que” y los “hay que”, de los “apúrate que llegas tarde” o los “No quiero mamá. Tengo hambre. Quiero jugar”.

Habría que osar saltar del tren en media semana. Abandonar la vertiginosa montaña rusa que te arrastra los días, mirarse al espejo y con un “¡hola, el gusto es mío!» darse una cita. Entonces por un par de horas, apropiarse de ese tiempo que no parece tuyo e ir a tu ritmo como si lo fuera, sin correr más detrás de tu agenda ni de las demandas continuas con voces de niña. Simplemente apropiarse de ese tiempo como si fueras una usurpadora de instantes y osar no hacer nada. O aún más, coger tus cosas y salir dejando todo con la ilusión de escuchar tus palabras.

Me siento y escribo