Infancia

Me acuerdo del bosque al lado de casa
los enormes eucaliptos levantándose ante nuestras miradas de niños
su olor.

Me acuerdo corriendo a través de esos árboles
jugando al lobo feroz con mis hermanos
a construir cabañas con sus ramas caídas.

Me acuerdo de los fuertes vientos de agosto,
las copas de los eucaliptos sacudiéndose con estrépito a la altura del cielo
el ruido amenazante, anunciando el peligro.

En las faldas del cerro
al lado del bosque
mi casa
un punto.

Escuchando con miedo la agitación de los árboles
imagino que caen y parten mi casa en varias tajadas
como machetes empuñados con furia.

Tan frágil frente a la fuerza del viento
aún así mi hogar, cálido refugio,
leche con chocolate caliente y buñuelos,
palabras que reconfortan y juegos de niños.

¿Y nuestra cabaña del bosque?
mañana construiremos otra.

Pero el grito de las motosierras, los eucaliptos caídos
casas y mas casas
la ciudad ha tomado el bosque
mi casa vendida
fin de la infancia.

Cuando te vas yendo

Qué importa que en apariencia permanezca ahí
El cuerpo
Lo cierto es que está y mi alma se agita
Sale
Las paredes caen vencidas
Se aleja
Libre y ágil
Atraviesa la ciudad
Continúa más allá
Elevándose
Se zambulle hacia arriba
Más allá de las miradas
y luego emerge
Como entre sueños
Ligera
De lugares no posibles
Aún no posibles
Mas que surgirán
Flotando
Ondulante
Las miradas me sostienen de un hilo
Como a un volantín
Testigos del cuerpo
Vuelo

Si la posibilidad de elevarse atraviesa mi cuerpo
Si esa posibilidad resuena
Es porque alguna cosa semejante al vuelo se estremece dentro de mí
Aquí estoy
De vuelta en el cuerpo
Me sorprendo ante el espejo
Apenas puedo creer que tengo límites

Reflejos

Desde niña había comprendido que todo se mueve, cambia, se transforma y que era inútil ir en contracorriente.

Si quería engranar en su vida y en ese mundo tenía que aceptar ese principio de movimiento al interior y al exterior de sí misma. Aferrarse a un estado de cosas solo podría traerle frustraciones, porque lo que tiene sentido en un momento, deja de tenerlo en el siguiente.

De manera natural, asumió ese principio, hasta que el moverse, cambiar de ciudad, de país se convirtió en un estilo de vida. El movimiento genera movimiento, era claro. Cuando se ponía en marcha hacia otro destino, en su cuerpo seguía resonando lo que dejaba, al mismo tiempo que se abría espacio lo que iba llegando. Por un tiempo, todo se revolvía hasta el vértigo. Y luego, poco a poco la convivencia con los nuevos códigos y formas le hacían descubrir otras maneras de mirar y procesar las ideas.

Y ahora, caminando por la rue des Bouchers de esa ciudad que tanto ama y que aún siente a su medida, se pregunta si ese principio de movimiento implica necesariamente un cambio de territorio. Porque si fuera así, después de tantos años en el mismo lugar, tendría que partir de nuevo y no tiene ganas. ¿Se estará acomodando, acaso, en esa zona de confort de la que se habla tanto? Al mismo tiempo, cuántas veces le habían insinuado sin decirlo, que partir era una manera de huir. ¿Dónde se encontraba ahora?

Mientras ingresa tranquila a la Galería de la Reina en medio de la multitud apresurada que busca protegerse de la lluvia, reconoce que el movimiento exterior no siempre repercute en el interior. Al final, ella está viajando desde mucho antes que comenzara a hacerlo literalmente. Lo hacía cuando se dejaba ir en sueños y fantasías, reflexiones y preguntas, cuando andaba ya en busca de su lugar en este mundo.  Sí, había comenzado ya esa larga errancia y lo continuaba haciendo a pesar de seguir en la misma ciudad.

Sumergida en sus pensamientos, el reflejo de su imagen sobre una larga banda plateada que cuelga al interior de la vitrina de una tienda de chocolates, le hace detener. Mirándose con curiosidad sobre esa superficie que no para de moverse con el abre y cierre de la puerta, se pregunta, qué hubiera sido de ella si se hubiese quedado ahí donde nació, si no hubiese partido en ese largo viaje sin rumbo. ¿Quién sería esa mujer que ve ahora? ¿Se reconocería en ella?

A través del mismo reflejo, percibe a Juan que llega a su encuentro y antes que pueda darse la vuelta para abrazarlo, siente su beso detrás de la oreja. Se deja estremecer.

¿Finalmente, no es acaso eso estar en casa?
Agarra la mano de Juan y jugueteando lo tira hacia la calle.

Sobrevivir

Formaban una singular asamblea reunida a orillas del río -los pájaros, los cuadrúpedos y los rastreros- todos mojados, incómodos y de mal humor. El primer tema abordado fue, sin lugar a duda, la manera de secarse. No llegaban a ponerse de acuerdo sobre una forma de hacerlo que fuese eficaz para todos y que, a su vez, no molestase al de al lado.  Luego de un momento de deliberaciones sin resultados, cada especie comenzó a secarse de manera espontanea y a su propio estilo. Porque el agua, que con el calor se iba espesando al mezclare con su transpiración nerviosa, empezaba a emitir olores desagradables que generaban una incomodidad colectiva.

Solucionado el primer asunto, pasaron al punto central. Esa mañana se habían reunido para tratar el tema del tiempo, que pasaba a ser un problema para la convivencia en el bosque. Los rastreros, esos animales que vivían al raz de la tierra decían que los superaba y que para ellos no había una correlación justa entre el paso del tiempo y el espacio. Siendo este último muy grande, no sólo les parecía que el tiempo pasaba demasiado rápido, sino que además los aplastaba. Y para ellos, era una cuestión de vida o muerte. Los cuadrúpedos, aunque no de la misma manera, también se sentían acorralados por él. Al tener las patas ancladas sobre la tierra percibían el paso del tiempo al ritmo de su marcha, como si estuvieran caminando sobre una línea predefinida de la que no se podían liberar. Las aves, no tenían el mismo sentir, ellas sostenían que se estiraba en el aire con su vuelo y que como no seguían caminos determinados podían jugar con él, por lo cual no les causaba problemas.

Los rastreros proponían detener el tiempo de vez en cuando para que ellos tuvieran la posibilidad de llegar a final de una frase. Para las aves, era una opción inconcebible porque en el aire, en medio de la nada, dependían de su paso para poder sostenerse. Los cuadrúpedos que se sentían como funámbulos sobre la cuerda temporal, pensaban que quizás era posible, pero temían que al volverlo a poner en marcha ya no estuvieran sobre su propio tiempo. Había riesgos.

Dijeron entonces que quizás no era el tiempo lo que tenían que considerar sino su organización en el espacio. El tiempo al final de cuentas, dependía del espacio y viceversa; y ambos, de sus cuerpos en movimiento. A los rastreros que sentían su peso sobres sus espaldas, les concedieron una pequeña porción en la pudieran desplazarse sin dificultad. Eso les daría una calidad de tiempo más duradera en el sentir. Los cuadrúpedos se quedaron entre los árboles, pues el hecho de poder hacer recorridos circulares entre ellos les liberaba de esa sensación lineal de su paso. Y las aves que de todos modos no tenían ningún problema, se quedaron con el espacio superior desde la copa de los árboles hacia el cielo infinito.

Terminada la reunión los animales se felicitaron por el encuentro exitoso de solución por todos y para todos. Y cuando se preparaban para partir hacia sus territorios asignados en común acuerdo, un grupo de rastreros quedó aplastado bajo las inmensas patas de los cuadrúpedos que se hallaban a su lado, ante la mirada silenciosa de todos. Y comprendiendo que lo único que existía era el instante, todos los animales se esparcieron en el bosque sin más comentarios.

Tan solo

Creí que te habías ido a causa de eso.
Acostada en nuestra cama, te esperé cinco noches.
Sin embargo, nos queríamos.
Un hijo, eso es lo que creía que nos faltaba.
Decidimos ir en busca de Elio.
Le dimos un nombre, como si de entrada supiéramos que iría a ser varón.
Elio.
Es verdad, te asustaba la previsibilidad de nuestros días.
Yo en cambio, me encargaba de que todo estuviese como tenía que estar.
Pero Elio no llegaba.
Mi cuerpo ansioso no pudo hacer que viniera.
Yo pensé que por eso te habías ido.
Y aún en el duelo de nuestro hijo que no fue, me creaba la ilusión de que todo continuaba como antes.
Y tú tan solo querías que nos dejáramos ir.
Así tan solo, en ese dejarse ir en el flujo de las cosas.
Y esta mañana cuando te vi a lo lejos, lo entendí todo.

Otras veces

A veces el tiempo avanza sin hacer ruido y yo engrano en él sin mayor dificultad. Mi espíritu es ligero y se entrega al día sin resistencias, sin preguntas sobre el sentido de las cosas, de cada uno de mis actos, de cada palabra dicha o no dicha. En los días como esos, mi presencia desborda el espacio que habito, la energía palpita en mi cuerpo y la palabra intensidad está por todas partes.  Pero otras veces, aunque todo tiene la misma forma y ocupa el mismo espacio, aunque todo sigue igual en apariencia mi espíritu agitado en modo “todo es demasiado y nada es suficiente” se arrastra a lo largo del día sin encontrar sentido en el tiempo que pasa.

Como todas las mañanas

Un día como otros, Gabriel abrió los ojos. Esa mañana, sin embargo, no se encontraba en su habitación sino en otra que no era suya y que no lograba reconocer. Le pareció extraño porque recordaba haberse acostado en su propio cuarto. Dio vuelta la cabeza bruscamente en busca de su ropa y constató que, tal como lo recordaba y lo hacía todos días, estaba sobre la silla, al lado de la cama; con la sola diferencia que no se trataba de la misma cama ni de la misma silla. Sin comprender cómo había llegado ahí, recorrió el espacio con la mirada. Era evidente, no conocía ese lugar y sin embargo, había algo en el aire que le sonaba familiar.

Hizo un repaso de los acontecimientos de la noche anterior. Llegó tarde después de la cena con sus amigos, había tomado un poco, pero no tanto como para perder la conciencia. Tenía 50 años y aunque era soltero, ese tipo de excesos ya no formaban parte de su vida. Además, recuerda claramente que, llegado frente a la puerta de su casa, no encontraba sus llaves y que quiso llamar a su madre para pedirle sus copias. Al final no lo había hecho, porque al buscar su teléfono en su chaqueta, sintió su llavero del otro lado del bolsillo roto. No había dudas, anoche se había acostado en su propia habitación como de costumbre y ahora, se despertaba en otra que no era la suya.

Como todos los días, se levantó de la cama y se vistió con rapidez, pero sin tomar una ducha. La idea de que alguien entrara de improviso y lo sorprendiera le estresaba. Por los ruidos, adivinaba que el resto de la casa también se ponía en marcha. Escuchó que alguien lo llamaba y un momento después, la puerta del cuarto se abrió de un golpe. Una joven metió su cabeza y con una sonrisa, le pidió que se apurara. No parecía sorprendida de verle, lo que le obligó a seguir el juego por no saber qué hacer. Salió de la habitación y siguió a la joven a través de un corredor que los condujo a la cocina, donde el aroma del café le concedió un respiro familiar.

Una mujer que parecía estar llegando, se le acercó sonriente y le dio un beso en la boca, antes de desearle buenos días e ingresar hacia el lado de los dormitorios. Por su maleta adivinó que llegaba de viaje. La joven le alcanzó su café, mientras le contaba algo que había sucedido el día anterior. Por lo que pudo entender, se trataba de un evento importante para su carrera y que, de alguna manera, le implicaba también a él. Pero no pudo seguir el hilo del relato, porque en medio de una frase un “papá” dirigido a él, lo dejó colgado.

En silencio y sin resistencia, Gabriel se dejaba llevar a lo largo de esos instantes que no eran suyos y que, sin embargo, estaba habitando con su cuerpo. Instantes que no le pertenecían pero que quizás podían haberle pertenecido de haber tomado otras decisiones. Y mientras buscaba respuestas que explicaran lo que estaba viviendo, el contacto de un beso cariñoso contra su mejilla le hizo desbordar de una felicidad hasta ese momento desconocida. Quiso hacer perdurar esa sensación, pero en cambio su cuerpo se quedó bloqueado y aprovechando que la joven había salido de la cocina en busca de algo, tomó las llaves que pensó suyas y se dirigió hacia la puerta de calle. Tenía que salir de esa casa, de esa historia que podía haber sido suya pero que no lo era. Con la urgencia de quien escapa a lo que le sobrepasa, cerró la puerta de un golpe precipitado. Y de pronto, encontrándose ante ella, se dio cuenta que como todas las mañanas, estaba solo frente a su propia casa.

Y cuando se disponía a ir en busca de su coche, la ventana del segundo piso se entre abrió y la mujer que parecía haber llegado de viaje, sacó la cabeza a través de ella, mientras él le miraba atónito:
– No olvides que esta tarde necesito el auto, le gritó.

Lunes

Comenzar una semana es como montar sobre una montaña rusa. Subes al lunes como si fuera uno de los vagones del tren, y luego, agarrándote con firmeza, solo te dejas llevar a través de las horas, de las citas sucesivas, de los “tengo que” y los “hay que”, de los “apúrate que llegas tarde” o los “No quiero mamá. Tengo hambre. Quiero jugar”.

Habría que osar saltar del tren en media semana. Abandonar la vertiginosa montaña rusa que te arrastra los días, mirarse al espejo y con un “¡hola, el gusto es mío!» darse una cita. Entonces por un par de horas, apropiarse de ese tiempo que no parece tuyo e ir a tu ritmo como si lo fuera, sin correr más detrás de tu agenda ni de las demandas continuas con voces de niña. Simplemente apropiarse de ese tiempo como si fueras una usurpadora de instantes y osar no hacer nada. O aún más, coger tus cosas y salir dejando todo con la ilusión de escuchar tus palabras.

Me siento y escribo

A.

Ella vive intensamente. Él la necesita cerca para sentirse vivo. Ambos habitan en la misma casa, se quieren y se necesitan por complementariedad.

A ella le gusta cocinar. El siente que pierde el tiempo al hacerlo, pero le gusta comer, y a ella verle comer. Todo es posible entre ellos. Un día ella se irá y él se quedará solo. No lo dicen, pero lo saben. Cuando están juntos, sentados y abrazados en el sofá frente a la gran ventana abierta que da a la calle, hay en el silencio suyo un espesor que se los recuerda. Se esfuerzan por llenar ese silencio con los ruidos de la calle, prestando atención a los gritos de los niños que juegan, a las bocinas de los autos y las conversaciones que mantienen los vecinos de una acera a la otra. Miran y escuchan como si fuera una escena actuada para ellos. A veces comentan algo, no porque les parezca muy interesante, sino simplemente porque quieren estar seguros de estar llenando ese silencio. Y hablan rápido, atropellándose con las palabras, como si hubiera alguien que quisiera interrumpirles, como si realmente tuvieran algo que decir.

Cuando en la calle no hay mucho movimiento, se abrazan fuerte como para encontrar, en el contacto de los huesos del otro, ese límite necesario para no desvanecerse. Los huesos son un tema para ellos. Son sólidos y tienen consistencia. Ambos están de acuerdo que se pueden apoyar en ellos. Cuando ella está sola y siente la agitación en su pecho, con la mano derecha se agarra de su brazo izquierdo, como si fuera una barra en la que podría colgarse y salvarse del vacío. Pero sus huesos son frágiles. Ambos están de acuerdo que es mejor cuando están juntos, porque además para él, a pesar de tener los huesos más sólidos que ella, es más difícil sostenerse sobre sí mismo.

Ella vive con la muerte. No la quiere, pero la habita por dentro. Él no sabe de la muerte, pero no para de nombrarla. Ella quisiera ignorarla, hacer como si no estuviera. Él la necesita cerca para sentirse vivo. Ella vive intensamente. Él se quedará solo.

En este instante

Ahora
En alguna parte
Una gota de agua golpea contra una ventana
Ploc
Y en el mismo momento en otro lugar
Una mujer abre los ojos
Una pareja termina extasiada al borde de la cama
Mmmu
Una vaca se detiene en medio del camino

En el mismo instante
Los ojos de un gato se encandilan en la noche
Una araña surge por un desagüe
Y en alguna otra parte
Bajo el sol del medio día
Una bandada de pájaros cruza la mirada de un niño
Un semáforo pasa a rojo
En ese mismo instante
Un hombre golpea su despertador
Buenos tardes dice un anciano
También más lejos
Una gallina pone un huevo
Y alguien es perseguido
Todo confundido

Y en el mismo instante
Para todos
Implacable
Las agujas del reloj avanzan
Tic tac
Mientras hacen el amor
Mientras abre los ojos
Mientras pone un huevo
Tic tac
Para todos
El tiempo
Sigue avanzando

Pero llegará el momento
Sí llegará el momento
que el tiempo avanzará
sin hacer ruido
tan solo avanzará
sobre todos los instantes
simultáneamente
como ahora
igual
pero yo en mi instante
yo no lo sentiré
porque lo que viva será más grande
tan grande como tener alas
como la suspensión de un orgasmo
Será tan grande que me rebasará
no habrá espacio para saber del tiempo
Me crecerán las alas
Sí, me crecerán las alas
Y todo será
Finalmente
Todo Yo será
Finalmente