Tan solo

Creí que te habías ido a causa de eso.
Acostada en nuestra cama, te esperé cinco noches.
Sin embargo, nos queríamos.
Un hijo, eso es lo que creía que nos faltaba.
Decidimos ir en busca de Elio.
Le dimos un nombre, como si de entrada supiéramos que iría a ser varón.
Elio.
Es verdad, te asustaba la previsibilidad de nuestros días.
Yo en cambio, me encargaba de que todo estuviese como tenía que estar.
Pero Elio no llegaba.
Mi cuerpo ansioso no pudo hacer que viniera.
Yo pensé que por eso te habías ido.
Y aún en el duelo de nuestro hijo que no fue, me creaba la ilusión de que todo continuaba como antes.
Y tú tan solo querías que nos dejáramos ir.
Así tan solo, en ese dejarse ir en el flujo de las cosas.
Y esta mañana cuando te vi a lo lejos, lo entendí todo.

Otras veces

A veces el tiempo avanza sin hacer ruido y yo engrano en él sin mayor dificultad. Mi espíritu es ligero y se entrega al día sin resistencias, sin preguntas sobre el sentido de las cosas, de cada uno de mis actos, de cada palabra dicha o no dicha. En los días como esos, mi presencia desborda el espacio que habito, la energía palpita en mi cuerpo y la palabra intensidad está por todas partes.  Pero otras veces, aunque todo tiene la misma forma y ocupa el mismo espacio, aunque todo sigue igual en apariencia mi espíritu agitado en modo “todo es demasiado y nada es suficiente” se arrastra a lo largo del día sin encontrar sentido en el tiempo que pasa.

Como todas las mañanas

Un día como otros, Gabriel abrió los ojos. Esa mañana, sin embargo, no se encontraba en su habitación sino en otra que no era suya y que no lograba reconocer. Le pareció extraño porque recordaba haberse acostado en su propio cuarto. Dio vuelta la cabeza bruscamente en busca de su ropa y constató que, tal como lo recordaba y lo hacía todos días, estaba sobre la silla, al lado de la cama; con la sola diferencia que no se trataba de la misma cama ni de la misma silla. Sin comprender cómo había llegado ahí, recorrió el espacio con la mirada. Era evidente, no conocía ese lugar y sin embargo, había algo en el aire que le sonaba familiar.

Hizo un repaso de los acontecimientos de la noche anterior. Llegó tarde después de la cena con sus amigos, había tomado un poco, pero no tanto como para perder la conciencia. Tenía 50 años y aunque era soltero, ese tipo de excesos ya no formaban parte de su vida. Además, recuerda claramente que, llegado frente a la puerta de su casa, no encontraba sus llaves y que quiso llamar a su madre para pedirle sus copias. Al final no lo había hecho, porque al buscar su teléfono en su chaqueta, sintió su llavero del otro lado del bolsillo roto. No había dudas, anoche se había acostado en su propia habitación como de costumbre y ahora, se despertaba en otra que no era la suya.

Como todos los días, se levantó de la cama y se vistió con rapidez, pero sin tomar una ducha. La idea de que alguien entrara de improviso y lo sorprendiera le estresaba. Por los ruidos, adivinaba que el resto de la casa también se ponía en marcha. Escuchó que alguien lo llamaba y un momento después, la puerta del cuarto se abrió de un golpe. Una joven metió su cabeza y con una sonrisa, le pidió que se apurara. No parecía sorprendida de verle, lo que le obligó a seguir el juego por no saber qué hacer. Salió de la habitación y siguió a la joven a través de un corredor que los condujo a la cocina, donde el aroma del café le concedió un respiro familiar.

Una mujer que parecía estar llegando, se le acercó sonriente y le dio un beso en la boca, antes de desearle buenos días e ingresar hacia el lado de los dormitorios. Por su maleta adivinó que llegaba de viaje. La joven le alcanzó su café, mientras le contaba algo que había sucedido el día anterior. Por lo que pudo entender, se trataba de un evento importante para su carrera y que, de alguna manera, le implicaba también a él. Pero no pudo seguir el hilo del relato, porque en medio de una frase un “papá” dirigido a él, lo dejó colgado.

En silencio y sin resistencia, Gabriel se dejaba llevar a lo largo de esos instantes que no eran suyos y que, sin embargo, estaba habitando con su cuerpo. Instantes que no le pertenecían pero que quizás podían haberle pertenecido de haber tomado otras decisiones. Y mientras buscaba respuestas que explicaran lo que estaba viviendo, el contacto de un beso cariñoso contra su mejilla le hizo desbordar de una felicidad hasta ese momento desconocida. Quiso hacer perdurar esa sensación, pero en cambio su cuerpo se quedó bloqueado y aprovechando que la joven había salido de la cocina en busca de algo, tomó las llaves que pensó suyas y se dirigió hacia la puerta de calle. Tenía que salir de esa casa, de esa historia que podía haber sido suya pero que no lo era. Con la urgencia de quien escapa a lo que le sobrepasa, cerró la puerta de un golpe precipitado. Y de pronto, encontrándose ante ella, se dio cuenta que como todas las mañanas, estaba solo frente a su propia casa.

Y cuando se disponía a ir en busca de su coche, la ventana del segundo piso se entre abrió y la mujer que parecía haber llegado de viaje, sacó la cabeza a través de ella, mientras él le miraba atónito:
– No olvides que esta tarde necesito el auto, le gritó.

Lunes

Comenzar una semana es como montar sobre una montaña rusa. Subes al lunes como si fuera uno de los vagones del tren, y luego, agarrándote con firmeza, solo te dejas llevar a través de las horas, de las citas sucesivas, de los “tengo que” y los “hay que”, de los “apúrate que llegas tarde” o los “No quiero mamá. Tengo hambre. Quiero jugar”.

Habría que osar saltar del tren en media semana. Abandonar la vertiginosa montaña rusa que te arrastra los días, mirarse al espejo y con un “¡hola, el gusto es mío!” darse una cita. Entonces por un par de horas, apropiarse de ese tiempo que no parece tuyo e ir a tu ritmo como si lo fuera, sin correr más detrás de tu agenda ni de las demandas continuas con voces de niña. Simplemente apropiarse de ese tiempo como si fueras una usurpadora de instantes y osar no hacer nada. O aún más, coger tus cosas y salir dejando todo con la ilusión de escuchar tus palabras.

Me siento y escribo

A.

Ella vive intensamente. Él la necesita cerca para sentirse vivo. Ambos habitan en la misma casa, se quieren y se necesitan por complementariedad.

A ella le gusta cocinar. El siente que pierde el tiempo al hacerlo, pero le gusta comer, y a ella verle comer. Todo es posible entre ellos. Un día ella se irá y él se quedará solo. No lo dicen, pero lo saben. Cuando están juntos, sentados y abrazados en el sofá frente a la gran ventana abierta que da a la calle, hay en el silencio suyo un espesor que se los recuerda. Se esfuerzan por llenar ese silencio con los ruidos de la calle, prestando atención a los gritos de los niños que juegan, a las bocinas de los autos y las conversaciones que mantienen los vecinos de una acera a la otra. Miran y escuchan como si fuera una escena actuada para ellos. A veces comentan algo, no porque les parezca muy interesante, sino simplemente porque quieren estar seguros de estar llenando ese silencio. Y hablan rápido, atropellándose con las palabras, como si hubiera alguien que quisiera interrumpirles, como si realmente tuvieran algo que decir.

Cuando en la calle no hay mucho movimiento, se abrazan fuerte como para encontrar, en el contacto de los huesos del otro, ese límite necesario para no desvanecerse. Los huesos son un tema para ellos. Son sólidos y tienen consistencia. Ambos están de acuerdo que se pueden apoyar en ellos. Cuando ella está sola y siente la agitación en su pecho, con la mano derecha se agarra de su brazo izquierdo, como si fuera una barra en la que podría colgarse y salvarse del vacío. Pero sus huesos son frágiles. Ambos están de acuerdo que es mejor cuando están juntos, porque además para él, a pesar de tener los huesos más sólidos que ella, es más difícil sostenerse sobre sí mismo.

Ella vive con la muerte. No la quiere, pero la habita por dentro. Él no sabe de la muerte, pero no para de nombrarla. Ella quisiera ignorarla, hacer como si no estuviera. Él la necesita cerca para sentirse vivo. Ella vive intensamente. Él se quedará solo.

En este instante

Ahora
En alguna parte
Una gota de agua golpea contra una ventana
Ploc
Y en el mismo momento en otro lugar
Una mujer abre los ojos
Una pareja termina extasiada al borde de la cama
Mmmu
Una vaca se detiene en medio del camino

En el mismo instante
Los ojos de un gato se encandilan en la noche
Una araña surge por un desagüe
Y en alguna otra parte
Bajo el sol del medio día
Una bandada de pájaros cruza la mirada de un niño
Un semáforo pasa a rojo
En ese mismo instante
Un hombre golpea su despertador
Buenos tardes dice un anciano
También más lejos
Una gallina pone un huevo
Y alguien es perseguido
Todo confundido

Y en el mismo instante
Para todos
Implacable
Las agujas del reloj avanzan
Tic tac
Mientras hacen el amor
Mientras abre los ojos
Mientras pone un huevo
Tic tac
Para todos
El tiempo
Sigue avanzando

Pero llegará el momento
Sí llegará el momento
que el tiempo avanzará
sin hacer ruido
tan solo avanzará
sobre todos los instantes
simultáneamente
como ahora
igual
pero yo en mi instante
yo no lo sentiré
porque lo que viva será más grande
tan grande como tener alas
como la suspensión de un orgasmo
Será tan grande que me rebasará
no habrá espacio para saber del tiempo
Me crecerán las alas
Sí, me crecerán las alas
Y todo será
Finalmente
Todo Yo será
Finalmente