Cuando se quiebra

¿Cuántas veces había escuchado que nadie era imprescindible? Sin embargo, ella sentía que lo era. Estaba segura de su protagonismo en su vida de pareja, familiar e incluso laboral. Era de esas personas incapaces de delegar porque tenía la firme convicción de que nadie haría las cosas como tenían que ser. Ella tenía el control y se sentía indispensable.

Esa mañana, sin embargo, ¿cómo no lo vio venir? Al hacer su maleta, había notado algo en el tono de voz de Eduardo que la interpeló por un breve instante, pero estaba tan sobrepasada con todo lo que tenía que preparar antes de irse que no se detuvo a indagar.

Se fue por un par de días y cuando regresó, no había nadie en casa y en los armarios no quedaban más que sus pertenencias. Eduardo se había marchado sin decir nada. ¿O si lo había hecho? Estaba tan segura de su amor, de su dependencia que no podía comprender.

Antes de salir de viaje, él le había dicho algo sobre verse al espejo. No le había entendido, ni se había tomado el tiempo de hacerlo. Trata de recordar sus palabras. Era algo así como verse al espejo y mirarse. Se había retocado el maquillaje y le había dado un beso antes de partir.  Tenía que viajar en misión y su espíritu estaba más allá, que con él.

Ahora, sola frente a su taza de café ve sus certezas diluidas como los granos de azúcar en el líquido caliente. Imagina que quizás a estas horas, él también está tomando café. Él prefería el te, pero lo bebía solo para acompañarla. Se lleva las manos al rostro y recuerda los dedos de Eduardo contorneando sus líneas de expresión. Se sentía amada en esos ojos. Se voltea con intención de ver la hora y su mirada se detiene en su reflejo distorsionado sobre la máquina expreso. Ella que solo ve el paso del tiempo en esas grietas, se pregunta si Eduardo también se sentía abrazado en su mirada.

 

Photo: Aude Lafait

Como una brisa

Nada está completo, solo pedazos como fracciones de vida. Los muros amarillos cargados de cuadros y adornos de los cuales solo se vislumbra una parte. Al centro, encima de una mesita de madera maciza que se sostiene sobre un cántaro de terracota, el óleo de una niña con un vestido colorido y expresión de desconcierto. A su lado, piezas de ajedrez colocadas con cuidado como al alcance de su mano. Cofres de madera pintada en colores naranja, marrón y carmesí, apilados unos sobre otros y dispuestos en uno de los ángulos.

Esta imagen me sigue desde ayer. Es una de las fotos que se exponen en el café en el que pasé gran parte de la mañana. No tiene nada excepcional, tan solo una porción de la vida de alguien, atrapada por el ojo del fotógrafo.

Recorro la imagen que me quedó grabada en la memoria.
Es como espiar la intimidad de la gente y tratar de imaginar su vida.
No logro despegar, pero sigo buscando ese algo que me interpela.

Los objetos y la manera en la que están dispuestos deberían contarme algo, pero no lo hacen, ni evocan personas que conozco. Sin embargo, la armonía de sus tonos otoñales y la calidez de la luz que atraviesa la imagen, parecen evocarme algo.

Eso es, los colores me roban una sonrisa cómplice de algo que puedo reconocer. Al interior de una casa, mi casa de niña, bajo la luz cálida del atardecer, mis hermanos y yo nos contamos historias y nos proyectamos. Historias de misterios, de niños que se proclaman investigadores y forman su patrulla para resolverlos.

Más tarde o quizás otro día, todos tendidos en la cama en una noche de otoño antes de ir a dormir, imaginamos lo que quisiéramos ser. Inventores, exploradores y poetas, viajeros, bohemios y arregla-todo. Y antes de que el padre que escucha en silencio pueda decir algo, una voz nos empuja a sentarnos de inmediato y formar un semicírculo. La madre que ha traído el plato hasta la cama comienza a darnos de comer. Y como los pajaritos que no salen del nido, vamos abriendo la boca uno por uno para recibir la cuchara de sopa caliente. Al exterior, el viento hace estremecer los árboles que se alzan por encima de la casa y que nosotros percibimos como sombras negras y movedizas a través de los tragaluces del techo.

Pronto nos iremos a dormir y ese instante quedará grabado en mi memoria. Al igual, quizás, que esta mañana de fin de verano en la que, sentada en la mesa del jardín para aprovechar el aire aún templado, me preparo para reiniciar el año y sumergirme en su ritmo acelerado.  Y mientras intento visualizarme entre mis proyectos y el retorno a clases de mis hijas, las escucho jugando con lego a construir ciudades con parques, animales y piscinas, papás, mamás e hijos que van a la escuela en skateboard o bicicletas.

Una brisa suave eriza la piel de mis brazos descubiertos como anunciando la llegada del otoño. La imagen vuelve a mi memoria y mientras la recorro al calor de mis propios recuerdos, me pregunto ¿de qué tonos estará pintado este nuevo año?

Como darse una cita

“Si llevas un lápiz en el bolsillo hay bastantes posibilidades de que algún día te sientas tentado a utilizarlo”, decía Paul Auster, a propósito de cómo se hizo escritor. Por mi parte, perder una idea en el camino o un pensamiento improbable venido de la nada, me deja la desagradable sensación de haber perdido algo esencial. Es por eso que siempre llevo conmigo una libreta y un lápiz.

Necesito escribir lo que pasa por mi cabeza y estimula mis sentidos, porque cuando lo hago comienzo a entender lo que me habita. Como si al dejar salir esos nudos de pensamiento y sensaciones, pudiera seguir su recorrido y descubrir sus relaciones. Como si ellos mismos extendieran sus lazos para formar algo que yo no puedo ver ni comprender, sino solo cuando ya está fuera de mí.

Entonces me siento y escribo. En el fondo de un café o en su terraza, pero siempre con la espalda contra uno de sus muros y la mirada hacia la calle, es donde y como prefiero. El aroma de los granos recién molidos y del capuchino humeando al lado mío; la música que se mezcla con las conversaciones de la gente y el ruido de la calle formando como una cortina sonora en la que puedo apoyarme y sentirme en compañía, sin ser invadida, me incitan a abstraerme y sumergirme en variados universos. Y de rato en rato, esa mirada que se cruza con la mía y que, como una coma, detiene el flujo de mis pensamientos, me concede ese respiro necesario para tomar distancia con lo mío, y luego en  el siguiente parpadeo continuar sin ningún ímpetu.

Sí, el ambiente de los cafés siempre me ha seducido. La posibilidad de sentir el movimiento de la ciudad en el entra y sale de la gente, de ser parte de esa escena, pero al mismo tiempo espectadora, de poder estar presente y pasar desapercibida, como si fueras invisible me abre un espacio de libertad incomparable. Y ahí desde mi rincón, escribo como si me hablara al son del rasgueo de mi lápiz contra la hoja blanca, que se va llenando de palabras que sin buscar forma encuentran una.

Guardo intactos mis recuerdos del Café Metrópolis en Cochabamba, donde descubrí esa posibilidad de darse cita a sí misma. Luego, de un gran salto sobre el Atlántico mis cafés se trasladaron a París, Ginebra, Barcelona, Bruselas… La misma sensación en cada lugar. Cambia la escenografía, los sonidos, el idioma, el clima, pero sigo siendo yo y el placer de desaparecer detrás de mi libreta para reencontrarme e ir hacia nuevos universos.

Y yo sé que, en toda nueva ciudad, siempre habrá un espacio para darme una cita.

Crepúsculo

Ante sus ojos, se abre un horizonte lejano, sin fin. Sumerge sus pies en el agua fría del mar, siente las piedrecillas finas bajo su piel callosa después del verano. El oleaje suave golpea contra sus tobillos y arrastra consigo al retirarse, parte de la superficie sobre la que se tiene en pie. 

Esa inmensidad le estremece. De costumbre, su mirada se detiene en el día a día, en sus responsabilidades y tareas cotidianas, en Corina que siempre activa y llena de energía organiza sus vidas. Él espera a que su movimiento se propague hasta él. Y se deja ir. Era así y le gustaba. La ama.  

Siente como una bolita peluda que desde el vientre sube hasta la garganta. Pone su mano en el pecho y se golpea con fuerza para calmar ese sube y baja que le trae a la consciencia la partida abrupta de Corina. «Todo te da igual», le había dicho ayer. Tose una y otra vez, para liberarse de esa angustia que le cosquillea por dentro. 

Su vida se le está escurriendo como esas piedrecillas bajo sus pies. Quisiera hacer algo, pero no sabe qué. No está acostumbrado a tomar la iniciativa. Siempre ha dejado que ella lo haga por ambos. No porque todo le dé igual, ahí ella se equivoca, sino porque la ama. Se pone a caminar, por una vez en movimiento se siente más útil. Necesita fijarse metas precisas, como llegar hasta la roca negra y porosa que tiene al alcance de su vista, donde ayer tomaron el sol con Corina. Ansioso, acelera su paso como si al hacerlo el movimiento ondulatorio de las aguas pudiera propagarse hasta ella y hacerla volver.  

La posibilidad de que llegando a la siguiente posta Corina ya esté de vuelta, le concede una especie de sosiego que le permite continuar y proyectarse hasta una próxima. 

Pronto se metería el sol y sin objetivo en mira, sin poder seguir el jueguito de pequeñas postas, la ilusión sería reemplazada por ese estado típico del anochecer en el que todas las angustias se agrandan como bajo la lupa de la luna. ¿Corina habría vuelto ya hasta entonces? Le había dejado irse sin hacer nada. ¿Por qué no le había dicho que la amaba? Quizás ella tenía razón, era incapaz de expresar sus sentimientos. 

El viento cada vez más fresco, que golpea su torso desnudo y hace volar los pocos cabellos que le quedan, le hacen poner la piel de gallina y le impulsan a abrazarse a sí mismo. No, termina concluyendo para sí, no es que no sienta ni que se incapaz de expresarse. Tan solo que él, que no siempre encuentra una correspondencia directa entre lo que siente y las palabras con las que cuenta para expresar, prefiere callar y dejar que su cuerpo hable. Porque su amor, el suyo, está en su carne, en el ritmo de su respiración cuando está con ella. También en su mirada, en la debilidad que tiene por sus piernas largas y su silueta de guitarra, por su sonrisa chueca y contagiosa que le hace sonreír y perder el mal humor solo al verla. La ama. Pero pronunciar esas palabras es como actuar su propio rol en una escena vacía de contenido. Como si al hacerlo la verdad perdiera su consistencia.

El sol ha terminado de meterse y la noche negra le hace caer su horizonte en la punta de su nariz. Aún así, sigue caminando porque no sabe qué más podría hacer. La bola peluda se le ha quedado trancada en la garganta y hace resonar su respiración como si fuera un silbato. Avanzar es cada vez más difícil, la marea ha subido y las olas que golpean con brío contra sus piernas, le piden mayor esfuerzo para mantener el equilibrio.

De pronto, siente la vida del mar revoloteando alrededor de sus piernas, rozándolas, picoteándolas. Supone que son algas, peces, moluscos y no trata de ir más lejos con su imaginación porque comienza a sentir la aprensión de lo que no puede ver. Sin dejar de caminar, escucha la suma de todos los sonidos. Del viento que ha provocado la furia del mar, de las aguas que se chocan con violencia contra las rocas, contra la arena, contra él mismo, como si fuese una venganza. De las gaviotas que graznan con fuerza como para hacerse escuchar en medio de ese bullicio. Y quizás una voz en medio de todo. Sí, una voz que tan pronto le trae la imagen de Corina caminando hacia él, tan pronto la de una gaviota volando en la oscuridad.

Se detiene de golpe, decidido, como si se tratara de su última oportunidad. Se da la vuelta una y otra vez, tratando de encontrar el origen de esa voz, de ese graznido. De esa voz que el viento le trae en una ráfaga y que de improviso se convierte en graznido y de nuevo en voz. Son todas las gaviotas que graznan juntas y entre ellas quizás Corina que grita su nombre.  

Agotado, con el cuerpo empapado y temblando, siente la bolita peluda al nivel de corazón como si quisiera salírsele del pecho. Necesita apoyarse en algo. Vislumbra una luz a lo lejos. Es el faro, cómo no lo había percibido antes. Su luz es débil como tapada detrás de una cortina de nubes, pero se siente aliviado. Se esfuerza para recuperar el aliento, descansa su mirada sobre ella y continúa caminando.

 

 

Percepciones 3. No hay certezas que duren

Si solo se tratara de llaves, de tener las correctas para abrir y cerrar las puertas.

Pero esta casa, la mía, es tan poco previsible. Cambia de lugar. Se mueve y se transforma, se vuelve inaccesible por donde antes podía ingresar.

Y si no veo el cerrojo, ¿para qué me sirve la llave?

No hay certezas que duren. Nunca la misma puerta, ni las mismas llaves. Y los caminos de ayer, como aquellos que dibujaba de niña hacia la puerta de entrada, no son más los de ahora. No me conducen a ella ni me permiten entrar.

Una y otra vez, recrear las rutas para poder llegar, explorar sus límites y reencontrar el acceso.

La casa como si fuera mi cuerpo, una estructura de carne y hueso, viva y vulnerable donde puedo resonar.

En constante movimiento salgo de mi zona de confort. En esa vulnerabilidad, continúo.

Lo importante es seguir, aun sin saber hacia dónde vas.

Photo: Jean-Luc Tanghe
Dans le cadre de la résidence de recherche / collectif KMT
Avec le soutien de La Roseraie

Percepciones 2. Desenganchar

Sentada contra la ventana del café, veo la sombra de mi propia mano sobre las palabras que escribo. Mi mano fluye como queriendo escapar de la sombra, como queriendo vislumbrar lo que hay detrás de ella. ¿Qué hay más allá de lo que puedo ver?

Levanto la mirada, un muro de ladrillo visto contra el cual una estantería expone algunos libros se presenta ante mis ojos. Y las voces de cuatro mujeres se interponen entre yo y lo que veo. No me molesta, solo quiero creer que no es todo, que hay algo más detrás de lo evidente.

Vuelvo al movimiento de mi mano que fluye como enganchada a mi cabeza. Quiero desengancharla y saber qué pasa. ¿Qué haría mi mano que agarra el lápiz con tres dedos en lugar de dos, si se liberara de mi cabeza? Seguiría, quizás, el impulso y pasearía a través del espacio, atravesando las fronteras de lo permisible. Tantearía ese muro tosco y rústico para sentir su aspereza. Tomaría unos libros del estante solo para apreciar su peso y su temperatura, más fría tal vez que la del ambiente soleado del café. Iría a palpar con la yema de los dedos esas bocas que se abren y se cierran emitiendo palabras para sentir su consistencia.

¿Osaría?

Y de pronto, mi mano se posa sobre el agua sucia que desbordó de la maceta contra la ventana. Repulsión. Recorre la superficie vetusta, sintiendo la mugre como granos de arena contra su piel. Mojada y sucia busca la otra mano, el brazo entero, la pierna, como domesticando la repulsión. Y continúa hacia el suelo, arrastrando consigo a todo el cuerpo.

Solo las sensaciones. El contacto de la piel contra la piel, de la mano aún humedecida que tantea el suelo dejando huellas. El cuerpo desenganchado que se deja ir, “qui s’offre, se donne, s’abandonne”, como en un acto de sondear los límites y de quebrar barreras.

Photo: Gabriella Koutchoumova
Dans le cadre de la résidence de recherche artistique / collectif KMT
Avec le soutien de La Roseraie

 

Percepciones 1. Des-componer

¿Acaso importa que no se comprenda
Lo que hay detrás de las palabras
Que cuando dices algo entiendan otra cosa?

Descomponer
Separar las partes
Como posibilidades para formar algo
Algo nuevo que resuene

Pero, ¿por qué querer nombrar lo que nos habita?
Como si al hacerlo le diéramos consistencia
¿Y si ya no puedo componer palabras?
Construir mis frases
Nombrar lo que me moviliza
¿No existe?

Y mi cuerpo en el espacio que se mueve fluido
Que se sacude enérgico y se relaja
Que se desplaza, corre, salta y cae al piso
Que se acurruca sobre sí mismo y se protege
¿No es acaso igual?
O aún mejor
El lenguaje exacto para dar forma a lo que hay
Lo que es
La forma directa de lo que me habita.

¿Y si no puedo formar más palabras
Sobre un pedazo de papel?
Acaso importa?
Mi cuerpo que fluye
Escritura en el espacio que ocupa
Sin certitudes
Lo que es
Resuena

Photo: Jean-Luc Tanghe
Dans le cadre de la résidence de recherche artistique / collectif KMT
Avec le soutien de La Roseraie

Entre divagaciones y sensaciones del instante

El ambiente festivo del parque bajo el cielo azul, tan poco usual en Bruselas, sumado a la excitación de la gente, me incitaron a decidirme a último minuto. Y con la ingenuidad de quien jamás ha corrido 10 kilómetros, atravesé la línea de partida con energía, junto a la masa ansiosa de participantes.

En los primeros metros, me concentré en sincronizar mis pasos con mi respiración y en encontrar un ritmo que me pareciera adecuado para llegar al final. Luego me dejé arrastrar por la multitud, sintiendo el roce de las personas que me pasaban y de las que yo adelantaba.

De pronto, mi mente partió detrás de una idea dejando a mi cuerpo seguir la carrera. ¡Ah!, cómo me hubiera gustado tener mi libreta de notas conmigo o al menos mi teléfono, para poder registrar esa seguidilla de imágenes que desfilaban por mi cabeza y todas esas historias que se iban creando, con personajes de carne y hueso. Como la de aquel hombre que en un momento corría a mi lado, dejando caer con fuerza y estruendo todo su peso, de quizás 58 años, sobre sus piernas huesudas y enclenques. O la de aquella niña diminuta que, con timidez, pero a paso ligero como el de una ardilla, se escabullía entre la gente que le doblaba en altura. Si le di 12 años era por ser la edad mínima requerida para participar de la carrera, sino le hubiera dado máximo 10 como mi hija.

Y así en un principio, entre personajes e historias imaginadas, fluía en la carrera sin darme cuenta, sin sentir el esfuerzo, hasta que algo me traía de vuelta. Como el sentirme de repente estampillada contra el corredor de adelante, porque de manera inesperada decidió detenerse, generando una colisión en cadena. O como la ambulancia que a grito de sirena avanzaba con dificultad entre la masa apretada, que corría en una pequeña ruta empedrada en pleno bosque y que tenía que hacer el esfuerzo de cederle el paso.

A penas volvía a encontrar mi ritmo, me iba de nuevo en imágenes y pensamientos, constatando que al hacerlo engañaba al presente, lo disuadía. ¿Cómo decirlo?, entraba como en otro tiempo, en el que fluía sin sentir el esfuerzo físico. Pero resulta que cuando volvía al bosque, a la carrera, a mi cuerpo, me daba cuenta que no había avanzado mucho, que ni siquiera había pasado al siguiente kilómetro.

Y me acordé de Johnny en “El Perseguidor” de Cortázar, aunque no era exactamente igual, me pareció lo mismo. Correr en medio de ese río de gente que se dirigía hacia la misma dirección, era como estar metida en un reloj, en el que mis pasos marcaban los segundos. Cuando me dejaba ir en pensamientos, entraba a otro tiempo. No ese lineal, sino a otro más redondo que era el mío. Sí, era exactamente eso lo que sentía. Y no había ninguna relación entre el tiempo de la carrera y ese otro circular que transcurría, pero no avanzaba en el espacio. Porque si contaba todo lo que había pasado entre los pasos en los que despegaba y los que aterrizaba, tenía seguro para más de los cuantos metros que había recorrido.

Esa idea me angustió, estaba cansada y creí comprender de repente lo que 10 kilómetros podían significar. Quise partir de nuevo detrás de alguna de las imágenes que antes me llevaron lejos, pero las sensaciones del presente eran tan intensas, que no me dejaban despegar. Estaba como anclada en el instante, al ritmo de mis pasos, de mi respiración agitada y mi corazón en la garganta.

Nadie me obligaba a seguir, podía detenerme en cualquier momento y continuar caminando o incluso, hacer un cruce transversal para escapar de ese flujo. Pero parar o caminar, era como salirme del tiempo y una vez engranada en algo, la única salida que me podía permitir yo misma, era la de llegar hasta el final.

Así que, a modo de darme ánimo, me dije: ¿no se supone acaso que se trata precisamente de esto, es decir, de vivir el instante?, tratando al mismo tiempo de encontrar el placer del momento. Pero en cambio, el choque cada vez más intenso de mis dedos contra mis zapatos nuevos, hizo resonar la voz de Maya en mi cabeza. ¿Cuánto dura el presente?, había preguntado ella.

Y como si estuviera invocando algo, comencé a repetir en ciclo: uno, dos, tres… al inicio de cada expiración y acompasando con mis pasos. Me acordé haber leído que la duración en la que nuestra mente percibe los datos sensoriales, es decir, la sensación del presente, era de tres segundos y me pareció larguísimo. Me sentí caer sobre mi presente, uno tras a otro, a cada paso que daba. O más bien, que éste se desplomaba sobre mí, sobre mi cabeza chamuscada bajo el sol y mi cuerpo cansado. Todo lo que sentía en esa seguidilla de instantes estaba relacionado con la carrera.

Constatación que me generó una especie de alivio, porque si el presente era algo así como el promedio de los últimos quince segundos, resulta que tanto el mío como el del resto de participantes, estaba invadido por las sensaciones y experiencias de la carrera. Entonces pensé en mis amigos que también corrían conmigo y sentí una especie de solidaridad colectiva. Todos a su modo, compartíamos el mismo presente aún si no nos veíamos.

Entre divagaciones y sensaciones del instante me encontré, de pronto, en el noveno kilómetro con una energía inexplicable. ¿Había encontrado acaso, en ese va y viene entre estar en mi cuerpo y dejarme ir en mis pensamientos, la manera de fluir en el presente a pesar del esfuerzo? Me sentía inspirada. El movimiento me liberaba.

Y así, con mi cuerpo sensible y la presencia ya un poco borrosa de todos esos personajes, ideas e historias que me habían acompañado, atravesé la línea final sostenida en mi propio instante.

Retazos

Una vez más la ciudad le abrió sus brazos, en un último respiro de reconocimiento lo despidió con efusión. Tenía todos sus recuerdos guardados en el cofre del vehículo que le conduciría al aeropuerto. Su avión partía en un par de horas y él tenía ganas de dar una última vuelta por el centro. No sabía cuándo regresaría, si es que lo hacía, y quería impregnarse de los olores y colores de esa ciudad que alguna vez había sido la suya.

Caótica como él mismo podía serlo a veces, sus calles organizadas en cuadras alrededor de una plaza central estaban invadidas por el comercio. Negocios en cada puerta, carteles de todo tipo, forma y color, puestos de venta improvisados sobre las aceras y multitud de vendedores ambulantes, convertían el casco viejo de la ciudad en un gran mercado bullicioso y enmarañado. Antes, era algo que le disgustaba hasta la indignación. No podía concebir, cómo el tímido encanto de esa ciudad, antaño señorial, podía estar totalmente camuflado detrás de esa locura de comerciantes y compradores en busca de su oportunidad diaria.

Ahora, y lo reconoce mientras saborea un anticucho con salsa de maní picante en medio de la agitación, hasta le enorgullecía. Esa invasión humana le daba un carácter de autenticidad real. Esa ciudad respiraba lo que era, se dejaba hacer y deshacer por sus habitantes en su lucha cotidiana por ganarse la vida. Sin maquillajes, sin formas preestablecidas, ellos se habían apropiado de esas calles coloniales y las habitaban a su imagen y semejanza.

Eran los colores de muchos tiempos en uno solo, de muchas culturas conviviendo en el mismo espacio. Eran los olores de la vida misma: de los puestos de comida servida a toda hora, de los rincones baño público, mezclados con el sudor de los cuerpos bajo el sol y la contaminación de los automóviles, micros y trufis. Eran los gritos de los comerciantes ofreciendo sus productos con insistencia, las bocinas de los vehículos y las conversaciones animadas de toda esa gente que no se priva de nada porque está en su casa.

Se deja invadir por ese mundo que, aunque ya no es el suyo, también forma parte de él. Sí, porque a pesar de su apariencia depurada y sus modos contenidos, esa explosión de formas y maneras también lo componen. Respira profundo como queriendo absorber en una bocanada ese coctel de sensaciones para llenarse aún de recuerdos y, embriagado, se dirige al aeropuerto, impaciente de volver a casa.

Esta mañana

Esta mañana, te observas escribiendo y te preguntas, como Modesta en “El arte del placer”, si quieres realmente volverte esclava de tu pasión.

Sabes que necesitas de esa intensidad que te saque de tanta realidad, te empuje a sobrepasar tus límites una y otra vez y te haga soñar. Al mismo tiempo, es como si quisieras evitarlo, porque esa necesidad de ir más allá llega con una fuerte carga de ansiedad.

Cuando te apasiona algo te sumerges en ello sin resistencia mientras el placer acompaña tus acciones. No sabes en qué momento aparece la urgencia y del placer pasas a la obligación y de ahí al sometimiento. Entras en una especie de persecución desenfrenada con el fin de llegar al origen de algo que ni siquiera tiene forma ni consistencia, porque no existe más que como una intuición. Entonces te preguntas porqué lo sigues haciendo.

Crear es una ilusión y tiene el poder de seducir. Cuando hay algo burbujeando al interior tuyo que busca la manera de salir, primero resuena en tu cuerpo y luego llega a tu entendimiento invitándote a sondear los límites. Tú tienes la opción de escoger entre ir a su encuentro o ignorarlo.

Al principio, hay una distancia confortable entre ese algo burbujeante, tú cuerpo y tú. Luego ese algo te toma y sabes que mientras no logres descifrarlo y darle la forma, estará ahí agobiándote, perturbando tus días, tus acciones y tus relaciones. Entonces tienes que dejarte invadir hasta que de alguna manera las sensaciones, imágenes y pensamientos se articulen por dentro y logren formar aquello que tiene que salir.

No importa la forma que tome, lo que cuenta es que represente lo más fielmente posible ese movimiento interno y que te convenza. Es difícil negociar con uno mismo, porque si bien no sabes hacia dónde vas, sientes con certeza si la dirección que estás tomando resuena dentro de ti.

Ya es tarde. No hay manera de esquivar ni disuadir.

Mientras especulas sobre ese algo que, aunque todavía no existe más que como una sensación, ocupa cada vez más espacio; a pesar de la ansiedad que te genera, tú ya has decidido continuar.